Fuera del agua
Una mañana de este verano cogimos el coche y condujimos desde el pueblo de costa en el que estábamos hasta otro pueblo en el interior, casi de montaña.
El viaje nos llevó más o menos hora y media, a lo largo de la cual nos perdimos o desviamos por carreteras que se convertían en pistas y advertimos cómo cambiaban el paisaje, la luz y la temperatura: más agreste, más oscura, más alta.
Después de aparcar el coche en el jardín y saludar a todo el mundo nos fijamos en que había unas manchas en el capó , muy cerca del parabrisas, en el lado del copiloto.
Guano de gaviota, sin duda, pero cuando R se acercó a verlo más de cerca puso una cara de espanto que nos alarmó. ¿Qué habría visto?El extremo interior de los capós y la parte inferior de los parabrisas forman una especie de balsa en la que se pueden acumular cosas.
Por ejemplo, las hojas de pino secas son muy habituales.
Pero aquello no nos lo esperábamos.
En el hueco había una caballa de veinticinco centímetros.La impresión fue muy fuerte, e inesperada en el grado de la sorpresa fisiológica, como cuando levantamos algo que esperábamos más pesado, y entonces experimentamos como un desplome inverso, o como cuando esperábamos azúcar y resulta que es sal.
Lo primero era resolver el misterio físico: ¿cómo habría llegado allí ese pez?Lo cual nos obliga a irnos aún más atrás, hasta la ontología.
En este caso dudo entre llamarlo pez o pescado.
Me decanto por pez, por su naturaleza de símbolo y porque no sé si lo había pescado un humano.Los pájaros, qué remedio, también se adaptan a nuestros sistemas y se organizan con nuestras estructurasEl pez, entonces, ¿de dónde había salido y cuánto tiempo llevaba en el coche? ¿Lo habríamos transportado durante esa hora y media, que ahora se nos hacía ajena y misteriosa, como si la hubiesen vivido otros, como si la inconsciencia del inadvertido huésped nos convirtiese ahora en personas diferentes? La primera hipótesis fue que una gaviota , sobrevolando el coche en algún momento de los días y noches que llevaba este aparcado a pocos metros de la playa, hubiese dejado caer , sin querer probablemente, la caballa que llevaba en el pico, y que esa caballa hubiese ido a dar precisamente en el parabrisas de nuestro coche, por el que se habría deslizado como un humano jugando por una colina hasta ir a dar en el escondrijo donde la encontramos nosotros.
Se enfadaría mucho la gaviota .
Pero lo chocante era que en el parabrisas no quedara rastro de aquel deslizamiento.
El cristal estaba impoluto.
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