No lo diré
Ahora que está de moda culpar a los demás de nuestros propios males —organizamos una huelga general y responsabilizamos a la oposición—, viene bien analizar por qué los parques infantiles están desiertos.
No solo es cuestión de natalidad.
La Xunta y los ayuntamientos siguen invirtiendo en estas infraestructuras y, sin embargo, apenas se utilizan.No diré que la culpa la tienen mamis y papis que se pasan el día mirando las pantallas en lugar de jugar con sus hijos.
Tampoco diré que es porque a los niños les ponen vídeos para que no interrumpan conversaciones: da igual que la familia esté en un restaurante, a la puerta del colegio o en la consulta del médico; la pantalla anestesia el ímpetu infantil y esta táctica de persuasión se emplea con éxito a partir de los dos años.
Nunca falla, oye.No obstante, me inquieta que a la niña o al niño se le desencajen las cervicales de tanto curvarlas o que empiece la educación primaria con gafas. ¿Han vuelto a escuchar ustedes alguna recomendación contra los daños por el abuso de las pantallas? En casa ya no se habla de eso, a pesar de que la Comisión Europea alerta sobre el creciente impacto en la salud mental de los menores.El mundo adulto arrasa la resistencia infantil y la comodidad vence a la educación por goleada.
Ya no nos sentamos en el murete del parque y decimos: «Primero merienda y luego juegas».
Ahora los pequeños van del colegio a casa y casi no salen.
Toda esa energía contenida después de horas sentados en un pupitre se disipa entre redes sociales y videojuegos, mientras hay progenitores que lo consienten porque ellos mismos son nativos digitales: consideran lógico pasar gran parte del día al otro lado de la realidad.No diré que, en muchos casos, vendría bien aprobar un examen para ser padres.
Incluso doctorarse.
Educar no es hablarles a los hijos como si fueran sordos o como si necesitaran ser amaestrados.
Aunque hay mucho de eso, yo jamás lo diré; suena mal.
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