Colocarse en las diputaciones
Una alergia casi patológica a los focos contrastaba con su importancia capital en la estrategia del PSOE, singularmente de la federación andaluza, que en aquella sobremesa muy alcoholizada de la primavera de 2023 sólo apuntaba a un objetivo realista: «Tenemos que salvar la Diputación de Sevilla.
Como la perdamos, va a haber literalmente muertos por hambre».
La disolución de las Cortes tiene una derivada ajedrecística que consiste en sacrificar a la dama, que es La Moncloa, para salvar a los pocos peones del poder local que los socialistas puedan conservar en mayo.
No es lo mismo votar en las municipales con Pedro Sánchez y su toxicidad expansiva aún en el Gobierno que hacerlo con Abascal instalado en la vicepresidencia.
Pregúntenle a Antonio Muñoz qué prefiere.Es lugar común, por el egoísmo patológico que exuda, que Sánchez antepone los intereses personales a los del PSOE.
Pues sí, pero es que ahora coindicen: se sabe perdedor de las legislativas y la apuesta es el control de daños, es decir, erigirse como única oposición posible practicando la tierra quemada a su izquierda y conservando la llave de algunas instituciones con los que calafatear a su partido naufragado y prepararlo para una larga travesía por aguas procelosas.
En algún presupuesto público tendrán que pastar los centenares de asesores (inminentemente cesantes) que acampan en el complejo monclovita.
Y como ésos, varios miles.Estos entes provinciales son el misterio más insondable de la democracia española, sobre todo desde la historia (sin duda apócrifa) que contó en su día Joaquín Sabina, cuyo padre se preguntaba en el lecho de muerte. «¿De dónde sacan tanto dinero las diputaciones?» El profesor Rodríguez Brown respondería que «de su bolsillo de usted, señora», porque es obvio.
Pero sería más pertinente recordar de vez en cuando en qué diablos se gastan las malditas diputaciones todo ese dinero.
Pues la sevillana, en concreto, más de la cuarta parte –unos 150 millones anuales tirando por lo bajo– en sueldos de militantes socialistas dedicados básicamente a labores orgánicas. «Tenemos que salvar la Diputación de Sevilla», claro que sí, porque tenían que asegurar los ingresos de quienes hacen funcionar al partido: la Junta la dominan los otros y en los ayuntamientos se trabaja.Una diputación es el último refugio del político en espera de destino y en Andalucía, donde el PSOE mantiene una sólida implantación territorial, hay ocho.
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