En Ceuta cae algo más que una frontera
Odiseo no ganó la guerra de Troya con más valor ni fuerza que quienes la defendían, sino con un caballo de madera que fingía ser una ofrenda a los dioses.
Si los troyanos abrieron sus puertas y lo arrastraron hasta el corazón de la ciudad fue porque eran decentes, porque sabían que aquello que se consagra a lo sagrado no se destruye ni se profana.
Fue su respeto, y no su debilidad, lo que aquella noche los entregó, confiados y dormidos, a los hombres que aguardaban ocultos en el vientre de la madera.
Quien había honrado la regla murió por ello, y quien la había traicionado salió vencedor.
No hay, en toda la historia que Occidente se cuenta, una lección más incómoda que esa.
Odiseo no astilló aquella noche solo una ciudad.
Según la versión que Christopher Nolan acaba de llevar al cine , lo que quebró a sabiendas fue la regla misma, para siempre.
Desde el instante en que el más astuto de los griegos demostró ante el mundo que quien honra el pacto muere y quien lo traiciona vence, ya nadie tuvo motivo para fiarse de nadie, y lo que se vino abajo no fue una muralla, sino la posibilidad de que hubiera un orden entre los pueblos, el alma de una civilización.
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