Clacton como advertencia
Las estrambóticas elecciones que se celebraron hace unos días en Clacton , una población obrera sobre la costa del Reino Unido, demostraron que el populismo es parte del paisaje global y que la nueva política obra el milagro inverso de poner en ridículo a los países más serios.
Empecemos por el final de la historia: Nigel Farage, líder de Reform UK y el mayor propagandista del Brexit, se batió en las urnas con Count Binface, un personaje satírico inventado por el humorista Jon Harvey, que con su disfraz absurdo y sus irónicas propuestas hace una saludable crítica al 'establishment' político británico.
Farage ganó y recuperó su escaño en el Parlamento, como era previsible al tratarse de un municipio que apoyó el Brexit.
Lo verdaderamente inusual fue que apeló a una jugada de dudosa legitimidad democrática, con la que puso a los partidos tradicionales en una situación imposible.Farage, que estaba siendo investigado en el Parlamento británico por haber recibido –y no haber declarado– cinco millones de libras, un supuesto regalo de un empresario de las criptomonedas, decidió renunciar a su escaño y forzar estas elecciones.
Que sea el pueblo, no el 'establishment' político, quien juzgue mis actos.
Ese fue el argumento con el que justificó su maniobra y que lo pone a la vanguardia del populismo europeo. ¿Para qué aplicar la ley si la voz del pueblo es más sabia y directa? Que hable Clacton, que con su voto diga si soy culpable o inocente: así planteó las elecciones y por eso mismo los partidos tradicionales, desde los tories a los laboristas pasando por los liberales y los verdes, prefirieron no participar en la farsa y se abstuvieron.
El problema, claro, es que en la política el vacío que dejan los políticos serios lo ocupan los 'outsiders', los oportunistas y los locos, y eso fue lo que pasó en Clacton.
Se presentaron 34 candidatos –un récord– que en conjunto hicieron ver a Count Binface como la opción más tradicional, pro 'establishment' y honesta de la contienda.Puede que este episodio sea sólo una anécdota jocosa.
Lo grave es que también puede ser el síntoma de una degradación más profunda, cuyos efectos ya se han visto en Perú o en Colombia .
Cuando la vida pública se teatraliza y vacía de sentido, y cuando el recurso más eficaz para triunfar en la economía de la atención es la 'performance', la tecnocracia y los políticos cualificados no se adaptan y dejan de ser competitivos, pierden protagonismo o desertan por simple sentido de la autopreservación o del ridículo.
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