Delfín Amaya, memoria de una Barcelona que sonaba a rumba
Quizá muchos no sepan identificar inmediatamente su nombre, pero basta escuchar unos segundos de Los Amaya para reconocer un sonido que lleva décadas instalado en la cultura popular española. Guitarras, palmas, desamor y un estribillo capaz de convertir cualquier desgracia sentimental en una excusa para bailar.
Delfín Amaya nació en Oviedo en 1952 y se trasladó siendo niño con su familia a Barcelona. Creció en el Raval , un barrio estrechamente relacionado con el desarrollo de la rumba catalana y con una escena musical donde las influencias flamencas convivían con ritmos latinoamericanos y sonidos populares.
Junto a su hermano José comenzó a tocar y cantar desde muy joven. Ambos pertenecían a una familia gitana vinculada al mundo artístico y emparentada con Carmen Amaya , una de las grandes figuras internacionales del flamenco.
Los hermanos iniciaron su trayectoria discográfica como Los Amaya en 1969 . Poco después comenzaron a encontrar una personalidad propia dentro de una rumba catalana que vivía uno de sus grandes momentos.
En 1971 apareció Caramelos , adaptación de una canción latinoamericana que permitió al dúo alcanzar un público mucho más amplio. Sin embargo, el tema que terminaría convirtiéndose en su gran carta de presentación sería Vete .
La canción reunió buena parte de los ingredientes que definieron el estilo de Los Amaya. Una letra de desamor directa, un estribillo inmediato y una producción capaz de acercar la rumba al lenguaje del pop sin hacerla perder su identidad.
A finales de los años setenta, la colaboración con el productor Tony Ronald ayudó a reforzar ese sonido. Canciones como La inyección , Amor, amor , ¡Qué mala suerte la mía! o Decirle que vuelva ampliaron un repertorio que acabó instalado en fiestas, radios y celebraciones familiares. Los Amaya consiguieron que la rumba catalana viajara mucho más allá de Barcelona.
Hablar de Delfín implica inevitablemente hablar de José. Durante décadas fueron una unidad artística reconocible, pero Delfín aportó una personalidad musical propia y una curiosidad que ayudó al grupo a escapar de las etiquetas.
Los Amaya nunca entendieron la rumba como una pieza de museo. Incorporaron guitarras eléctricas, arreglos de pop y diferentes influencias musicales . Esa capacidad para mezclarse con otros sonidos explica en buena medida la vigencia de unas canciones que han sobrevivido a varias generaciones.
Uno de los momentos que mejor resume su importancia llegó en 1992 , cuando Los Amaya participaron junto a Peret y Los Manolos en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona .
La imagen tenía una enorme carga simbólica. Una música nacida y desarrollada durante décadas en los barrios gitanos de Barcelona aparecía ante millones de espectadores de todo el mundo.
El paso del tiempo no terminó con Los Amaya. En 2013 publicaron Vuelven... Los Amaya! , un trabajo en el que recuperaron parte de su repertorio acompañados por artistas como Antonio Carmona, Bebe, Macaco , Muchachito Bombo Infierno o Lichis.
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