La psicología sugiere que las personas nacidas entre 1980 y 1990 se exigen más, pero sienten más frustración
Los millennials crecieron creyendo que el esfuerzo y la formación asegurarían una vida estable, pero la realidad económica y social fue muy diferente.
Un 31% de los nacidos entre 1980 y 1990 ha recibido algún diagnóstico de salud mental, con alta prevalencia de ansiedad, depresión y burnout.
Esta generación, pionera en vivir la transición entre lo analógico y lo digital, enfrenta presión por la comparación social y una búsqueda constante de validación externa.
Aunque los millennials tienen mayor conciencia sobre la salud mental, gestionar el malestar sigue siendo un desafío debido a factores estructurales y culturales.
Los millennials crecieron con la promesa de que estudiar y esforzarse bastaría para construir una vida estable . Sin embargo, la realidad económica y social terminó alejándose bastante de aquellas expectativas iniciales.
El psicólogo Adrián Quevedo señala que esta generación presenta una elevada presencia de problemas de salud mental. Según explica, un 31% de los millennials reconoce haber recibido algún diagnóstico de salud mental.
Ansiedad, depresión y burnout aparecen así vinculados a una generación que, pese a estar considerada especialmente preparada, también puede experimentar una intensa sensación de desgaste emocional y frustración acumulada constante.
Una de las claves estaría en la distancia entre lo que esperaban encontrar y lo que finalmente encontraron. Las crisis económicas, la precariedad laboral, los alquileres elevados y los sueldos estancados alteraron ese horizonte.
Durante su infancia y juventud recibieron además un mensaje muy concreto: si trabajaban duro, acabarían consiguiendo aquello que se proponían. Esa idea terminó alimentando una exigencia personal constante y difícil de abandonar.
Cuando los resultados no llegaban, esa misma lógica podía convertirse en frustración y sensación de fracaso. El problema no era necesariamente la falta de esfuerzo, sino unas circunstancias que escapaban a su control.
También fueron la primera generación que atravesó la adolescencia entre dos mundos: el analógico y el digital. La llegada de internet y las redes sociales transformó profundamente sus relaciones y su manera de verse.
La exposición permanente, la comparación social y la búsqueda de validación externa pueden favorecer problemas relacionados con la autoestima, la ansiedad o incluso los trastornos de la conducta alimentaria, especialmente durante etapas de vulnerabilidad.
A estos cambios se suma una transformación cultural acelerada que ha afectado al trabajo, la tecnología, las relaciones afectivas, la identidad y los valores. Para Quevedo, esa velocidad puede generar inseguridad.
Las relaciones personales también han cambiado. Aunque existen más posibilidades de estar conectados, los vínculos pueden haberse vuelto más fragmentados y digitales, mientras la soledad emocional puede aparecer incluso estando acompañado.
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