Cuando no contestar es la respuesta
Debe de ser cosa de 'boomers', pero hubo un tiempo en el que una persona podía pasar varias horas sin estar localizada y no pasaba nada.
La ansiedad de los demás se ha volcado en una especie de obligación permanente hacia esas personas ansiosas que esperan de ti una máxima cooperación.
Hay que contestar, confirmar, reaccionar, mandar un pulgar, decir que has llegado, avisar de que sales, explicar que luego llamas y, si cometes la temeridad de leer un mensaje sin responderlo, asumir que al otro lado alguien empezará a elaborar una teoría conspiratoria que puede traerte numerosos problemas.
Antes uno se iba de casa.
Sin más.
Cerraba la puerta y durante unas horas pertenecía al mundo de la calle.
Si llamaban al fijo, sonaba seis o siete veces hasta que quien estaba al otro lado entendía que no había nadie.
Aquello no constituía un desprecio, ni una crisis sentimental ni una declaración de guerra.
No estabas.
Ahora no estar conlleva un accidente, un problema médico o que un orco ha decidido merendarte.
El teléfono móvil acabó con aquella pequeña libertad y después llegaron WhatsApp, el doble 'check', la última conexión, la ubicación compartida y esa inquietante costumbre de escribir «¿estás bien?» cuando alguien lleva tres horas sin dar señales de vida.
Todo bien, sí.
Precisamente estaba viviendo.Nos hemos acostumbrado tanto a la disponibilidad que hemos terminado confundiendo la posibilidad de localizar a alguien con el derecho a hacerlo.
Y de ahí hemos pasado al derecho a obtener respuesta.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.abc.es — el contenido pertenece a ABC.