Luis Landero, en una edad de juegos tardíos
Cuando apareció, en 1989, 'Juegos de la edad tardía', Luis Landero tenía 41 años.
Era su primera novela, y el escritor obtendría al año siguiente el premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa.
La crítica y los lectores reconocieron enseguida la singularidad de una obra que, en plena renovación de la narrativa española, recuperaba la tradición cervantina para explorar la distancia entre la vida que tenemos y la que soñamos.
Casi cuatro décadas después, sigue hablándonos con la misma intensidad de sueños aplazados, de frustraciones y de circunstancias materiales que estrechan el horizonte de nuestra existencia.Conviene empezar por el principio, cuando Gregorio Olías debe abandonar la casa familiar porque sus padres no pueden mantenerlo.
Antes de que aparezca el hombre que sueña con ser otro, hay una puerta que se cierra, una economía doméstica que no alcanza.
Alguien que debe marcharse porque en casa no hay sitio (o dinero) para todos.
Vista con los ojos de hoy, casi cuarenta años después, la situación adquiere una resonancia inesperada.
La dificultad para acceder a una vivienda, la emancipación que se retrasa y la dependencia económica que prolonga la estancia en el hogar paterno plantean una pregunta de plena actualidad: ¿cómo construir una vida propia cuando ni siquiera se dispone de un lugar desde el que comenzarla?La irrupción de Landero en el mundo literario fue una de las más celebradas de la narrativa española de finales de los ochenta.
Frente a las modas del momento, su escritura recuperaba la vieja tradición cervantina de alear lo sublime y lo cotidiano, la ironía y la ternura, el humor y la compasión por unos personajes que, aun siendo ridículos, jamás dejan de ser profundamente humanos.
La invención de su protagonista comienza como evasión, pero termina reclamando su propio territorio.
La ficción le proporciona aquello que la realidad le ha negado: aventura, prestigio, libertad, una identidad digna de ser contada.
Landero se ríe de Gregorio, pero no lo humilla.
Comprende que detrás de sus fantasías hay una necesidad profundamente humana: la de imaginar una versión más soportable de nosotros mismos .
No siempre inventamos para engañar a los demás; a veces lo hacemos para sobrevivir a lo que somos.En una sociedad que presenta el éxito como obligación y el fracaso como culpa, Gregorio nos recuerda que no todo depende de la voluntad individualAhí reside también la actualidad de la novela.
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