Derecho de admisión
Formaba parte del folclore celtibérico encontrar algún cartel en la puerta de un figón donde leías que se prohibía la entrada a los niños o a las mascotas.
Pero todo evoluciona, y ahora es en un local, creo que de Tenerife, donde vedan el paso de los influenciadores ('influencers' , en lenguaje 'modelno') no sea que sus influencias derramen yuyu sobre la futura clientela.
El universo de los presuntos o verdaderos influenciadores me cae tan lejos como el de la artesanía doméstica que construye una réplica de la torre Eiffel a base de mondadientes planos.
No me afecta que les faciliten o prohiban la presencia.
No sigo a los influenciadores, les deseo lo mejor pero he llegado tarde a esas industrias virtuales.
Existen influenciadores porque existen personas que se dejan influir, y esto sí se me antoja curioso.
Gentes que necesitan un chamán que les guíe sobre el maremoto consumista.
Le sorprende a uno el éxito de los libros de autoayuda, y también me asombra la cantidad de influenciadores que ha logrado provechoso hueco en nuestra sociedad vendiendo sus propuestas.
Suponía que lo interesante de la vida consiste en descubrir lo que nos rodea gracias a nuestro instinto.
Picoteas, rascas, investigas, preguntas a los amigos de cráneo privilegiado y luego escoges sin mayores tutelajes los placeres que te vitaminan.
Imagino que, entre los que se someten a las influencias ajenas encontramos un grupo de perezosos que prefiere no cavilar.
Sin saberlo recurren al unamuniano «que inventen ellos».
Y luego, tal vez el grueso de los influenciados lo compone una masa que no destaca precisamente por su fuerte personalidad.
No preciso ayudas para visitar un restaurante , ver una película o agarrar un libro.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.abc.es — el contenido pertenece a ABC.