La estirpe de los ensartadores
Ponerle un palo a algo es una de las más egregias tradiciones españolas .Rápidamente vienen a la mente varios ejemplos, paradigma de la mejor innovación durante los años más oscuros del siglo pasado.En 1956, Manuel Jalón Corominas inventa la fregona.
Se calcula que logró vender más de 60 millones desde su fábrica de Zaragoza, todo un éxito a menos que uno lo compare con los 40.000 millones de chupachups que Enric Bernat logró meter en las bocas de los niños desde su invención en 1958 hasta 1997.Encontrar un elemento tan habitual como un mocho o un caramelo y colocar un palito.
Es la definición misma de genialidad, hacer que algo que ayer no existía hoy sea una obviedad.Pero los inventos nunca salen de la nada.
Durante una estancia en Estados Unidos, Jalón Corominas, de profesión militar, observó cómo allí se fregaba el suelo con mopas de palos largos y cubos de rodillo y le dio una vuelta a la idea.
Mucho más cerca y varios años antes, en 1953, Julia Montoussé Fargues y su hija, Julia Rodríguez-Maribona registraron lo que parecía ser una fregona moderna, con su cubo escurridor y todo.
Sin embargo, estas dos avilesinas la registraron con un modelo de utilidad, mientras que Jalón, tres años después, registró la patente.El precio que va entre una distinción y otra, y que garantiza muchos más años de propiedad intelectual, acabó saliendo rentable al militar, ya que le garantizó un sitio en el olimpo de los ensartadores, inventores que colocaron un palo a algo.Del mismo modo, el padre de todos los ensartadores, el británico William Addis, no creó el cepillo de dientes ex nihilo, sino que tomó una idea que flotaba en el ambiente —desde hacía siglos, además, ya que los chinos fabricaban sus cepillos con bambú y cerdas— y la hizo suya.
En la Inglaterra del siglo XVIII, sus compatriotas usaban unas ramas masticables a las que aplicaban algún tipo de abrasivo para retirar las impurezas, por ejemplo sal o polvo de carbón o ladrillo.Los cepillos de dientes de Addis le hicieron inmensamente rico e inspiraron a muchos otros inventores a colocar palos en cosas existentes para crear algo nuevo.
Apenas 20 años después, al otro lado del Atlántico, un agricultor de Nueva Inglaterra llamado Levi Dickinson, empleando fibras de sorgo, dio origen a la escoba canónica, la que desde entonces utilizan las brujas para sus desplazamientos de media y larga distancia.Era obvio, por tanto, que había un enorme potencial en el mundo de los palos.
Para los españoles de posguerra, escapar de la pobreza y el hambre que hacían estragos pasaba por encontrar la X en la ecuación.
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