Las troyanas
Hay un grito que se repite estos días en Ceuta.
Lo pronuncian de un modo especial las mujeres ceutíes de toda edad, tipo y condición que se plantan delante de una cámara o levantan la voz en una plaza llegando siempre al mismo lugar: «nuestros hijos».
Conviene escuchar esas dos palabras porque contienen algo mucho más antiguo que cualquier debate parlamentario.
En la Grecia arcaica existía un territorio de la poesía que pertenecía de manera muy especial a las mujeres: el lamento.
Cantaban en las bodas y ante los dioses, pero sobre todo frente a la muerte, la ausencia y el peligro.
El improvisado góos era su forma de convertir el dolor en palabra y en advertencia.
Al final de 'La Ilíada', frente al cadáver de Héctor, hablan Andrómaca, Hécuba y Helena.
Y después lloran las troyanas.
Los guerreros discuten sobre murallas, honor y derrota.
Andrómaca habla de Astianacte, su hijo.
De qué será de él ahora.
Por eso llevo días observando a las mujeres de Ceuta en las redes sociales.
Denuncian su miedo y su inseguridad; calles que han dejado de ser las suyas, colegios a los que temen llevar a sus hijos.
No hablan desde un escaño.
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