Henry Moore encuentra en Kew Gardens el museo que siempre imaginó
Hay ciudades que nunca dejan de moverse y, sin embargo, esconden lugares donde el tiempo parece discurrir a otro ritmo.
Londres, cuya identidad sería difícil de comprender sin sus parques y jardines, tiene varios de esos refugios, y uno de los más extraordinarios es Kew Gardens.
Basta atravesar sus puertas para que el ruido de la capital británica quede atrás y el paseo transcurra entre cedros centenarios, praderas e invernaderos victorianos que, desde hace más de dos siglos, convierten este jardín botánico en uno de los más importantes del mundo.
Este verano, además, el recorrido ofrece un motivo más para demorarse, porque allí donde el sendero se abre entre las flores o la silueta de la Temperate House aparece entre la vegetación, una escultura de Henry Moore irrumpe con una naturalidad que hace pensar que siempre perteneció a ese paisaje.Lo sorprendente reside tanto en las dimensiones de unas obras que, en algunos casos, superan los cuatro metros de altura, así como en la manera en que el jardín parece apropiarse de ellas.
Una madre se detiene junto a sus dos hijas a tomarse una foto frente a 'Family Group'; unos metros más adelante, una pareja come en el césped al lado de una figura reclinada.
En Kew nadie recorre la exposición siguiendo un itinerario rígido.
Y es precisamente el paseo por los jardines , con sus cambios de luz, sus perspectivas y sus silencios, el que va revelando las esculturas.Esa es la gran virtud de 'Monumental Nature', la exposición organizada por los Reales Jardines Botánicos en colaboración con la Henry Moore Foundation, que hasta el 31 de enero de 2027 reúne treinta esculturas monumentales distribuidas por las 130 hectáreas del recinto, además de más de noventa obras, entre esculturas, dibujos, grabados y tallas en piedra y madera, en la Shirley Sherwood Gallery of Botanical Art.
Nunca antes la obra de Moore, fallecido en 1986, había ocupado un espacio al aire libre de estas dimensiones y pocas veces una retrospectiva ha resultado tan fiel a la manera en que el escultor entendía su propio trabajo.Hay una frase que el artista escribió en 1951 y que basta para comprender el sentido de esta exposición: «La escultura es un arte al aire libre.
Necesita la luz del día, la luz del sol y, para mí, su mejor escenario y complemento es la naturaleza».
Setenta y cinco años después, el paseo por Kew confirma que el paisaje nunca fue el telón de fondo de su obra, sino una parte esencial de ella.
Y es que Moore nunca entendió la naturaleza como un modelo que hubiera que copiar, sino como una fuente inagotable de formas capaces de transformar la escultura moderna.
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