Los domingos
Hay un sinfín de teorías sobre el efecto de los domingos en nuestra sociedad.
Hasta que cada semana experimentamos una depresión ante la llegada del lunes que va mucho más allá de la pereza de un despertador que suena a las 7 de la mañana.
Esas crisis esconden unas causas a menudo más profundas como la soledad no deseada (de la que uno se da cuenta cuando para) o la falta de motivación en el trabajo.
Nos sentimos irritables, nerviosos y hasta vacíos.
Si llueve, melancólicos.
Como tan sólo hayamos 'aprovechado' el fin de semana para realizar las tareas de la casa o preparar las fiambreras para llevarla a la oficina, el abismo se acentúa.
En el diccionario, desconectar va camino de caer en desuso.
Los psicólogos pondrán nombre a lo que sentimos en esas agónicas horas que nos separan del festivo al infierno, en un purgatorio de lavadoras y ollas exprés.
Yo hoy paso por aquí para reflexionar sobre lo que pasa este fatídico día en Sevilla.
Dirán, pues como en Madrid o Santander, pero sin procesiones.
No, no, me refiero a qué sucede mientras dormimos la noche anterior, cuando nos creemos dueños de nuestro destino porque faltan más de 24 horas para verle la cara al jefe.
Apostaría porque lo que ocurre en las calles es un huracán.
No hay fuerza ni desvergüenza humana que pueda hacer de una ciudad bella y rica en patrimonio como ésta en un vertedero.
Sevilla está sucia, pese a los esfuerzos.
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