Del asfixiante verano del 26 al explosivo del 27
Largo y pesado el verano de este 2026. En España ha seguido subiendo la cota de la crispación política, hasta el paroxismo gracias al episodio ceutí. Un escenario inesperado y adverso para Pedro Sánchez y su última gran apuesta de regularización masiva de inmigrantes. Las claves de lo sucedido en la ciudad norteafricana aún están por desvelar. Pero la tensión al alza no ha sido un fenómeno exclusivamente español.
En el ámbito internacional, lo más relevante ha sido que Donald Trump no ha conseguido –van ya seis meses– avanzar ni un milímetro en el pantano de la guerra de Irán, alargando y agrandando escenarios negativos para la economía mundial. Restricciones de suministro de productos vitales, en cabeza el petróleo, sobre el que se amontonan vaticinios tremendistas de escasez y precios desorbitados. Inflación, que encarece el coste de la vida para la mayoría de los ciudadanos del mundo y que es su primera preocupación en todas las encuestas y causa de desesperación, por mucho que algunos se empeñen en poner el foco en la inmigración tal vez para desviar la atención de los votantes. Malhumor en aumento entre las grandes potencias y por lo tanto más estruendo de tambores de guerra. Y de momento, EE.UU. no ha anunciado un plan creíble para devolver la normalidad al comercio mundial. Antes al contrario, ha agravado conflictos comerciales, como el que ha creado con Canadá.
La acumulación de problemas ha acabado teniendo su correlato en los mercados financieros. Incluso el peón que Trump colocó en la Reserva Federal –el banco central de EE.UU.– para bajar los tipos de interés a toda velocidad, el gobernador Kevin Warsh, acercó el pasado viernes la probabilidad de subirlos tan pronto como en la próxima reunión de septiembre. El presidente Trump ha acabado pues en la posición contraria de la pretendida. Segunda vez este verano, pues su secretario del Tesoro, Scott Bessent, tuvo que tirar por la borda sus ideas liberales para intervenir en el mercado de divisas y en el de la deuda. EE.UU., que en la práctica ha impuesto un corralito a Japón para que no venda sus títulos del Tesoro, está a un paso de imponer la llamada represión financiera , castigar a los inversores para evitar subidas de intereses.
El resultado está siendo que los estados tienen que pagar más intereses por su deuda, muy alta ya tras la crisis financiera y la pandemia. Un encarecimiento que implica otra vuelta de tuerca adicional para los presupuestos públicos, muy dislocados siempre, pero aún más tras el desbocado crecimiento de los gastos armamentísticos. Para los ciudadanos implicará más dificultades para llegar a final de mes, precios más altos, intereses adicionales para pagar deudas. Para las empresas, costes incrementados e inversiones más costosas.
Ese es el contexto en el que se reemprende la actividad. Ya se puede ir preparando el mundo para el bombardeo de avisos sobre la insostenibilidad de las cuentas públicas y la obligatoriedad de aplicar ajustes; dejando siempre a cubierto el gasto militar. Esa va a ser la música económica del otoño y el invierno.
Y el primer expediente serán las pensiones de jubilación.
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