Luis Bardón Mesa, guardián de la memoria
Luis Bardón Mesa aprendió a escribir copiando libros.
O eso cuentan los libreros de Madrid , que son personas que se dedican a manejar el tiempo como les da la gana.
Eso hizo Luis copiando el Palau, aquel monumental Manual del librero español e hispanoamericano que servía para saber qué demonios era el libro que uno tenía entre las manos y cuánto tiempo llevaba dando vueltas por el mundo.Nació en 1933 y los libros estaban allí antes que muchos de sus recuerdos.
Su padre, Luis Bardón López, había aprendido el oficio con Gabriel Molina y abrió en 1947 la librería de la plaza de San Martín, a dos pasos de las Descalzas Reales, cuando Madrid todavía tenía carbonerías, limpiabotas, cafés donde se podía perder una tarde y señores que entraban en una librería preguntando por un autor muerto hacía trescientos años.
En esa misma plaza en la que Quevedo se cepilló a un grosero en duelo en 1611, Luis Bardón se pasó la vida, desde los 14 años hasta el invierno que se lo llevó por delante en 2019.
Aprendió el oficio como se aprendían entonces casi todas las cosas que merecen la pena.
Mirando, tocando, equivocándose alguna vez y procurando no hacerlo dos veces.
Un libro antiguo tenía un papel, una encuadernación, una tipografía, unas manchas y hasta una manera de envejecer, pero había que saber abrirlo, mirar si estaba completo.
Había que reconocer una edición y sospechar de quien llegaba diciendo que había encontrado una joya en el desván del abuelo.Cuando su padre murió en 1964, Luis tenía treinta y un años y heredó algo bastante más complicado que un negocio.
Heredó un apellido unido a un oficio y miles de libros que había que conocer casi personalmente.
Durante más de medio siglo vio entrar y salir por aquellas estanterías incunables, Cervantes, libros de viajes, tratados científicos, pergaminos, primeras ediciones y ejemplares que habían sobrevivido a guerras, mudanzas, herencias y viudas deseosas de quitarse de encima la biblioteca del difunto.
El fondo de Bardón llegó a reunir decenas de miles de volúmenes y en todos ellos, Luis dejó la huella de quien acaricia una historia que viene de lejos.
Por la tienda fueron pasando también personajes de aquel Madrid que todavía se detenía delante de un escaparate de libros.
Dámaso Alonso, Tierno Galván, Cela, profesores, escritores, académicos, coleccionistas y esa especie madrileña del curioso que entraba simplemente a preguntar cuánto costaba algo que sabía perfectamente que no pensaba comprar.
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