Cambio de tique
Una denuncia que al final se demostró insostenible expulsó a Alfonso Villares de la Consellería do Mar.
Venía de varias mayorías absolutas en Cervo, su municipio de nación.
Una vez pasado el purgatorio (por cierto: ¿la señora Lago se va a ir de rositas?), Villares fue nombrado delegado de la Xunta en la provincia de Lugo.
El desempeño del cargo le da visibilidad y lo está acreditando como un político hábil, cercano y resolutivo.
Era lo que el presidente Rueda esperaba de él.
Eso y que opacase a la alcaldesa Candia, escasamente proclive a repartir juego, no demasiado empática, y quizá ambiciosa en exceso.
En Santiago ven a Villares como el candidato más apropiado para recuperar la presidencia de la Diputación de Lugo, perdida por el PP desde los lejanos tiempos de las aplastantes holguras de Cacharro.
Será interesante comprobar cómo y de qué manera se desarrolla una campaña electoral en la que los dos primeros nombres de la cremallera del partido mayoritario están destinados a entenderse aunque no se entiendan.
Asistiremos, sin duda, a una exhibición del arte del disimulo, ese sin cuyo dominio no se ganan, según decía Tierno, ni las guerras de trinchera ni las elecciones a la alcaldía de Madrid.
No lo dude el lector: serán los de mi provincia unos comicios interesantes, sembrados de trampas, obstáculos y marrullerías.
Porque a lo apuntado para el PP cabe añadir las escaramuzas que tendrá que librar el recuelo socialista.
Aquí, el ring está instalado en Monforte, donde el sanchismo no acaba de dar con la fórmula para roer el hueso de Tomé, el de las manos largas.
Si lo expulsan del partido, malo.
Si no lo expulsan, peor. ¿Qué pensará Besteiro? ¿Será Lara partidaria de los acosos según de quién vengan? Dudas por todas partes.
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