Horario infantil
No había discusión posible.
Se trataba de un rutina innegociable.
Regresábamos del colegio mi hermana y yo, mi madre nos metía en la bañera incestuosa y luego nos enchufaba el casto pijama con el bocadillo incluido y así ya nos tenía arreglados.
Y a las ocho de la tarde en punto, a la cama.
Todo aquello, en especial lo de atravesar la morada por la tarde trasteando con los Madelman bajo la esclavitud del humillante pijama, se me antojaba un atentado contra mi infantil dignidad.
El pijama me apenaba como el uniforme de entrullado que lucían los hermanos Dalton en alguna portada de 'Lucky Luke'.A lo mejor es que mi familia era así de rara, no sé, pero el horario europeo se cumplía antes de que nos planteásemos sus presuntas virtudes.
Muchos años después, recuerdo marchar a comer con amigos hacia restaurantes de la costa a eso de las cuatro de la tarde.
Al poco aterrizaban algunos guiris. ¿Habían adoptado nuestros asilvestrados horarios? No, acudían para cenar.
Manda huevos.
Pero ahora, cómo hemos cambiado, se ha detectado un subidón de españoles que reservan en los figones a las ocho para cenar.
Hemos adelantado nuestros horarios y en este sentido nos incorporamos a las costumbres europeas.
Uno preferiría sueldos de aroma europeo, o políticos europeos que dimiten cuando la sombra de la sospecha les muerde la chepa, o pulcro respeto europeo hacia los jueces, o sentido común europeo para mantener y construir nuevas centrales nucleares, pero parece que nos conformaremos con sincronizar los horarios aunque el sol nos demande cierta laxitud frente a la oscuridad centroeuropea.
Cuando envejecemos, nos acercamos a la infancia, o eso aseguran, por lo tanto cenar algo ligero a las ocho no me importa, pero si fuese joven me rebelaría.
El tardeo mató la noche y ahora cenaremos a la hora de la merienda.
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