Ser (y sentirse) imbatible
La primera excursión por Europa, como se presuponía, elevó el nivel de exigencia para un Barça que hasta ahora se había lucido en un calendario tirando a benigno.
La culpa, en todo caso, no era del equipo de Flick, que hasta lo que uno alcanza (aunque habrá teorías conspiranoicas hasta para eso) no decide ni fechas ni rivales.
En Estambul, el Galatasaray se presentaba como un adversario áspero y tácticamente idóneo para medir el momento de los azulgrana.
Los turcos juegan a una sola cosa, pero muy perfeccionada y especialmente puñetera para equipos, como el Barça, que somatizan una idea a veces traicionera: si somos mejores y tenemos el balón la mayoría del tiempo, ganaremos.
Es lógico pensarlo, pero a la Champions, la lógica, de vez en cuando, se la trae al pairo.
La primera parte respondió a esos parámetros.
El Galatasaray practicó un juego rácano, no en el esfuerzo (extraordinario), sino en su relación con la pelota.
Esperó el falló del oponente para activarse y jugó en largo en busca de Leão y Osimhen, dos delanteros buscavidas de primer orden.
Jugaron peor los locales pero la mencionada primera parte pudo acabar 2-0.
El VAR y Cancelo fueron los autores del 1-1.
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