Mi alzheimer de herencia
El alzheimer concreta un reparto monstruosamente desigual de la memoria.
El enfermo pierde los recuerdos, y el cuidador los hereda, más los propios.
Bien lo sé, porque tuve una madre desencuadernada por ese mal, y ahí víví, a pie de obra del duro estremecimiento, ante una mujer que no se sabía asistida por un hijo.
Ella fue olvidándolo todo y yo, en cambio, fui condenado a recordarlo todo.
El lunes es el Día del Alzheimer, pero esto es lo de menos.
El alzheimer de una madre dura más allá de una madre.
Quien asistió a un enfermo heredó de alguna manera la enfermedad, pero al revés, porque el enfermo va perdiendo la memoria que tú recoges.
Él olvida una habitación, un nombre, un rostro, y todo eso viene a anidar en ti.
He visto a mi madre saludando a un abeto como si ese árbol fuera mi padre.
He visto en sus ojos el domingo de la nada.
De eso no se cura uno nunca.
Ella olvidó aquel abeto un minuto después, pero yo no he podido olvidarlo jamás.
He aquí una de las crueldades secretas del alzheimer.
Unos se quedan sin pasado mientras otros reciben, de golpe, dos pasados íntegros. «Sé que me pasa algo, pero no sé lo que es», arriesgó en su día Pasqual Maragall .
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