El vencedor de las elecciones
Si las encuestas unánimes no vuelven a patinar, y esta vez parece difícil por el diferencial de puntos, Feijóo será el próximo presidente del Gobierno pero el ganador de las elecciones va a ser Santiago Abascal .
Entiéndase ganador como el factor determinante del presentido final del ‘sanchato’.
Porque si el Partido Popular sigue estancado, escaños arriba o escaños abajo, y Vox se dispara hasta casi doblar –o más que eso– su número de diputados, el vuelco habrá sido posible gracias al crecimiento del voto ultraconservador en los últimos tres años.
Y el líder de esta formación, quizás el único cuya facturación haya crecido, tendrá derecho a proclamarse vencedor moral del escrutinio en su condición de dueño de un papel poselectoral decisivo.
Esto es lo que dicen los sondeos.
Y de cumplirse el pronóstico, la incapacidad del PP para mejorar en términos sustanciales sus rendimientos tendrá un precio en la previsible coalición de Gobierno.
Si Abascal aporta a ella un tercio de los asientos que las dos derechas juntas obtengan en el Congreso podrá reclamar el mismo porcentaje de ministerios, lo que le otorgaría una influencia superior a la que han ejercido Sumar y Podemos en las últimas legislaturas de Pedro.
El actual líder de la oposición ocupará la Moncloa y dirigirá el Consejo pero verá muy relativizado su éxito por la inevitable dependencia del verdadero artífice del relevo.
Sólo un avance notable de aquí al 29-N evitará que la suya sea una presidencia demediada desde el primer momento.Lo más llamativo del asunto es que los populares parecen resignados.
Tras aquel compromiso de gobernar en solitario , formulado hace apenas trece meses, han probado a separarse y a acercarse a Vox, a marcar distancias y a comprarle el marco, sin lograr en ninguno de los casos una progresión significativa de sus expectativas de resultado.
Y han terminado por conformarse con la idea de necesitar un socio de rol relevante para reunir un quórum parlamentario que expulse del poder a Sánchez.
Es decir, por aceptar que ellos solos no son capaces de capitalizar el desgaste del bloque Frankenstein.
La claudicación en las autonomías, Andalucía incluida, fue el símbolo de esa renuncia a pelear por los votantes para echarse en brazos de sus aliados radicales.
Como se está hartando de repetir Aznar, la diferencia es sustantiva.
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