Lo que el fuego se llevó
Resulta lamentable que, en pleno siglo XXI, la barbarie continúe apareciendo como una respuesta posible ante algunos de los grandes desafíos provocados por las desigualdades territoriales a escala global.
El fuego —ese elemento simbólicamente presentado tantas veces como "purificador", capaz de eliminar aquello que una sociedad no quiere ver— vuelve a aparecer asociado a los asentamientos precarios.
Lo encontramos en emergencias humanitarias como la que actualmente avergüenza a Ceuta y en territorios agrícolas con una elevada demanda de mano de obra migrante, como ha sucedido en Palos de la Frontera y Lucena del Puerto, en Huelva.
Mientras no concluyan las investigaciones, no podemos afirmar que todos estos incendios hayan sido provocados.
Sin embargo, con independencia de su origen, el fuego pone al descubierto una realidad estructural previa: asentamientos levantados con materiales inflamables, ausencia de suministros básicos, hacinamiento, falta de alternativas habitacionales y una precariedad cronificada que convierte cualquier incidente en una tragedia anunciada.
La emergencia no nació con las llamas: el fuego únicamente hizo visible el abandono que ya existía.
Salvando las diferencias de magnitud, contexto e impacto mediático —así como las implicaciones nacionales e internacionales que posee Ceuta—, los actores y las tensiones se repiten: nativos asustados frente a migrantes desesperados.
Autoridades enfrentadas frente a una sociedad civil organizada y unas ONG desbordadas.
Políticos estrategas frente a medios de comunicación y redes sociales que, dependiendo de sus intereses y criterios, informan, desinforman o distraen.
Ceuta tiene soluciones reales, viables y respetuosas con la dignidad y los derechos de todas las personas.
Soluciones que no necesitan ruido político ni espectáculo mediático, sino responsabilidad administrativa, compromiso político y conciencia ciudadana.
Es preciso reconocer las dificultades existentes y respetar las condiciones y los plazos necesarios para ordenar la respuesta, pero garantizando durante todo el proceso unas condiciones de vida dignas para las personas migrantes y unas condiciones adecuadas de convivencia, seguridad y trabajo para la ciudadanía ceutí, el funcionariado y el personal de las ONG comprometidas con el territorio.
También es imprescindible apartar del escenario público a quienes promueven la agitación y la violencia, instrumentalizando el dolor de la población ceutí y de las personas migrantes para obtener rédito político, alimentar el miedo o enfrentar a quienes, en realidad, comparten las consecuencias de una misma falta de planificación.
Ceutíes y migrantes no deben convertirse en adversarios.
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