La vida después de Messi
Hay una cosa que me preocupaba mucho de pequeño y que nunca le conté a nadie: qué iba a hacer cuando tú dejaras de estar.
No era exactamente tristeza.
Era incapacidad para imaginar una versión de mi vida en la que tú ya no aparecieras.
Habías llegado tan pronto que durante años confundí tu presencia con una de esas cosas que vienen de serie con la infancia.
Así que hacía lo que hacen los niños con las preguntas que no saben responder: pensar que todavía quedaba muchísimo.
Y quedaba.
Quedaban noches en Madrid y Barcelona en las que terminabas haciendo que un estadio entero pareciera demasiado pequeño.
Quedaban Londres, Roma y tantas ciudades que acabé recordando menos por lo que había allí que por lo que tú habías hecho.
Fuiste llenando mi memoria de lugares en los que muchas veces ni siquiera había estado y que, sin embargo, todavía siento extrañamente míos.
Supongo que eso es lo que tienen los primeros amores.
Llegan cuando uno todavía no sabe protegerse.
No tienes experiencias anteriores con las que comparar ni heridas que te vuelvan prudente.
Simplemente das por hecho que mañana seguirá estando ahí.
Hasta que un día deja de estar.
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