De pandemias y crisis de vivienda
Una de las víctimas que ha caído en medio de las batallas culturales y de la polarización contemporánea es la racionalidad.
Ayer nomás, por ejemplo, se criticaba con razón a los trumpistas de ser unos paletos que despreciaban el conocimiento experto y que pretendían curar el covid con lejía, y hoy se aplaude el 'decreto Maricarmen' , igual de chamánico y voluntarista, que Pedro Sánchez intenta aprobar a las patadas para solucionar el problema de política pública más grave que tiene España: la vivienda.
Como los seguidores de Trump, que se dejaron arrastrar por los activistas antivacunas, ahora los sanchistas se han dejado encandilar por la 'performance' de Sol y el activismo antidesahucios, un canto de sirena que se ha impuesto al diagnóstico y a la recomendación de los expertos que se dedican a analizar este problema.
En un mercado tensionado, dejar al pequeño propietario en potencial indefensión ante los inquilinos es tan buena receta para incentivar el mercado del alquiler como un derivado del cloro para sanear las vías respiratorias.
Que nadie se extrañe del resultado: Sánchez será a la vivienda lo que Bolsonaro a la pandemia.Es la tragedia de estos tiempos: la crítica se hace siempre para juzgar al otro, nunca para desvelar las burradas de los propios.
Lo importante es estar a la altura del peor de nosotros, del más delirante y del que más duro grita y más atención recaba.
Por eso llegamos a esta situación absurda en que se convocan protestas, manifestaciones y hasta una huelga general para demostrar que el pueblo apoya al Gobierno y odia a la oposición, y se utiliza el pensamiento crítico para legitimar todas las jugadas sucias del poder.
Mañana el sanchismo volverá a fiscalizar al Gobierno y a detestar a los que mandan, pero mientras tanto destina sus armas intelectuales a justificar a su líder y a diagnosticar inclinaciones sospechosas y moralmente dudosas en todo aquel que intente vigilarlo, bien se trate de periodistas, jueces, fiscales o miembros de la UCO.En este clima de degradación democrática y de ruptura con los adversarios, todos los gobernantes que llegan al poder se están adjudicando el derecho a gobernar como un iliberal húngaro.
Con la excusa de que enfrente están el fascismo o los enemigos de la patria, han convertido la política en un asunto identitario.
Y entre ellos y nosotros, mejor nosotros.
Me anticipo y colonizo las instituciones, las pongo a mi servicio, me libero de todo escrúpulo y utilizo cualquier atajo para imponerme, porque el verdadero peligro para la democracia no son estas maniobras arteras sino la alternancia.
Y esto no se ve, o no se quiere ver.
Como tampoco se ve o se quiere ver que el cloro y el 'decreto Maricarmen' son las gotas que satisfacen al fanático, no un remedio que cura las enfermedades.
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