¿Habría muerto Maricarmen igual?
La pasada semana una noticia nos impresionaba y nos rasgaba el corazón.
Maricarmen, la anciana de 87 años cuyo desahucio impactó al país entero y fue la mecha que encendió el polvorín de las movilizaciones por una vivienda digna, había muerto.
Murió en el hospital, después de dos semanas ingresada desde el mismo momento en que la desalojaron de su casa.
No lo podíamos creer.
Aquella mujer, que podía ser nuestra madre, nuestra tía o nuestra hermana, parecía estar todo lo bien que su edad y sus circunstancias hacían suponer.
Incluso había enviado mensajes desde su cama del hospital animando a la gente a que no desfalleciera en la lucha por causas como la suya.
Pero lo que pasaba después también parecía increíble.
Al menos, me lo parecía a mí que, en mi ingenuidad, aun creo en la bondad del ser humano y en sentimientos como la compasión o la empatía.
Quizás se trata de una defensa de mi subconsciente para hacer más digerible nuestro mundo.
Tras lo ocurrido, podíamos imaginar que las muestras de solidaridad y los minutos de silencio se iban a suceder por todas partes, independientemente de las tendencias, las ideologías, las filias o las fobias de cada cual.
Al fin y al cabo, había fallecido una mujer que, como decía antes, podía ser nuestra madre, nuestra tía o nuestra hermana.
Sin embargo, no fue así.
Es cierto que los minutos de silencio afloraron por todos los puntos cardinales de este país nuestro, pero también lo es que hubo quien se negó, desde las instituciones, a llevar a cabo esta pequeña muestra de respeto.
Incluso hubo quien denegó la posibilidad de hacerlo, obligando a quienes querían hacerlo a salir a la calle para ello.
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