«Ahora que han encontrado mi cuerpo, me siento más tranquilo»
Son las doce del mediodía.
La Plaza do Comercio brilla con una luz muy anterior, como si en Lisboa fuera de día desde hace ya muchos años.
En el barrio del Chiado, al que se llega tras recorrer la empinada cuesta de Carmo, los turistas pastan, los azulejos enceguecen y los adoquines se desprenden de las aceras como dientes de una encía cansada.
En el número cien de la Rua Garret, a pocos pasos de Nuestra Señora de los Mártires —la basílica donde Pessoa y sus heterónimos recibieron el sacramento del bautismo—, se alza Livraria Sá da Costa, una librería anticuario a la que han ido a parar todos los muertos de Lisboa: cartas de navegación, mapas, itinerarios navales, postales, plumines, octavillas, libros de segunda mano, fotografías de antiguas bodas, retratos de personas que ya no habitan este mundo.
He vuelto aquí, justo hasta aquí, para revivir aquella historia y compartirla con los lectores de ABC Cultural en esta segunda entrega de 'Otra barbitúrica'.A finales de 1929, Fernando Pessoa encargó a la editorial londinense Mandrake Press los primeros volúmenes de 'Confessions' de Aleister Crowley, un célebre ocultista inglés que se hacía llamar «La Bestia 666».
Pessoa era un estudioso serio de la astrología y, al examinar el horóscopo con el que Crowley abría sus memorias, descubrió que estaba mal calculado.
El hombre del desasosiegoEl 4 de diciembre de 1929 escribió a la editorial señalando el error y proponiendo la rectificación.
Crowley quedó intrigado por aquel desconocido poeta portugués capaz de corregirle su propia carta astral y le respondió el 11 de diciembre.
Así comenzó una correspondencia que acabaría llevando a Crowley a visitar Portugal para conocer el hombre del desasosiego.
El ocultista inglés llegó a Lisboa el 2 de septiembre de 1930 acompañado por su amante alemana Hanni Jaeger.
Fue el propio Pessoa quien acudió a recibirlo al puerto de la ciudad.
Crowley pasó tres semanas en Portugal.
El 23 de septiembre, tras una pelea con Jaeger, el inglés abandonó el Hôtel de l'Europe y desapareció.
En la Boca do Inferno, el espectacular acantilado de Cascais, quedó una misteriosa carta que hacía pensar en un suicidio.
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