Los Panero y el nacimiento de la telerrealidad
Hay algo muy español en El desencanto.
No solamente porque la película de Jaime Chávarri, estrenada en 1976, retrate a una familia de poetas vinculada al franquismo y a la alta cultura, sino porque convierte la intimidad familiar en un espectáculo público y, al hacerlo, parece anticipar una de las grandes transformaciones de la cultura contemporánea: la desaparición progresiva de la frontera entre vida privada y entretenimiento.
La familia Panero ya era, en cierto modo, una anomalía antes de que Chávarri colocara una cámara delante de ella.
El padre, Leopoldo Panero, había sido poeta y una figura relevante de la cultura oficial durante el franquismo.
Su muerte deja un vacío alrededor del cual se reúnen la viuda, Felicidad Blanc, y sus tres hijos: Juan Luis, Leopoldo María y Michi.
Lo que podría haber sido un retrato convencional de una familia de escritores acaba por convertirse en otra cosa.
Los Panero no parecen tanto una familia que recuerda al muerto como una familia que se interroga a sí misma ante la cámara.
Y ahí reside buena parte del encanto de El desencanto (valga la redundancia).
La película no necesita de grandes acontecimientos.
No hay una trama propiamente dicha, ni una sucesión de peripecias diseñada para mantener al espectador en vilo (carencia propia de todo relato magistral; pensemos en novelas como La montaña mágica, de Thomas Mann).
Hay conversaciones, silencios, reproches, recuerdos contradictorios, conversaciones pedantes y pequeñas humillaciones.
La materia prima es la propia personalidad de los protagonistas.
Cada uno cuenta su versión de la familia y, al hacerlo, desmonta la versión de los demás.
El resultado posee una cualidad casi obscena: contemplamos a unas personas hablando de cosas que normalmente permanecerían dentro del ámbito doméstico.
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