Celestino Corbacho, del chozo extremeño a la alcaldía de L'Hospitalet: "Catalunya no me ha regalado nada, pero me dio todas las oportunidades"
Era solo un niño de 13 años cuando, ligero de equipaje, se subió a aquel tren en 1964 con un certificado de la Guardia Civil conforme estaba autorizado por su familia a viajar solo. Un borreguero de aquellos en que sacar la cabeza por la ventana suponía mancharse de hollín la cara. Iba repleto de gente. Primero fueron ocho horas hasta Madrid y, después, más de 10 para llegar a Barcelona. Para Celestino Corbacho (Badajoz, 1949) fue el viaje de su vida sin poderse imaginar que acabaría siendo el alcalde de L'Hospitalet de Llobregat , la segunda ciudad más poblada de la que se convertiría en su nueva tierra: Catalunya. Atrás dejaba a sus padres y su hogar en el municipio extremeño de Valverde de Leganés para buscarse la vida como lo habían hecho antes dos de sus hermanos mayores.
"Me fui por la falta de expectativas . Por un lado, tenía miedo a lo desconocido, nunca había estado en una capital de provincia. Pero, por el otro, me movía la esperanza", relata. Y es que venía de haber vivido sus primeros ocho años en un chozo en El Campillo, una construcción rural sin agua corriente ni electricidad dentro de la finca del terrateniente para el que trabajaba su padre como campesino. Dormía sobre un jergón hecho de rastrojos del trigo que se cosechaba en verano y, aunque nunca pasó hambre, la comida disponible era básica. Y caminaba cada día dos kilómetros para recibir clases de primaria.
Ese es el mundo en el que se había acunado. Por eso, al pisar por primera vez la Estació de França para, desde allí, coger el metro hasta Vilapiscina, se quedó con la boca abierta. "Fue un fuerte impacto. Todo me parecía grandioso y era puro descubrimiento para mí , que venía de un pueblo pequeño", explica. Su primer domicilio fue en el número 419 del Passeig Maragall en una habitación que compartía con sus dos hermanos y otro joven más. Como ellos, se buscó la vida. Primero, con 14 años, trabajando cogiendo el pico y la pala en obras y carreteando material de construcción. Sudó asfaltando la Carretera del Mig, una vía de la que años después, como alcalde, tuvo que encargarse de su rehabilitación completa.
De las obras, pasó a ser aprendiz en una imprenta, después, a vender libros de psicología en un grupo de editoriales y, más tarde, electrodomésticos a domicilio. Todo mientras, en paralelo, cursaba el bachillerato nocturno y se familiarizaba con el catalán, además de ir tejiendo una red de amistades. "Me encontré con una sociedad que me acogió , me identificaba como venido de fuera, pero desde el primer momento quise integrarme. Eso no significa renunciar a tu raíz y a tu cultura, significa respetar y contribuir al desarrollo de la que te acoge", argumenta. La situación económica era "ajustada", pero asentada, así que sus padres y su hermana vinieron también a Catalunya a finales de los años 70.
Reagrupada toda la familia en un piso comprado por los cuatro hermanos en la zona conocida popularmente como el Gato Negro de Sant Boi de Llobregat, Corbacho se enamoró de una catalana del Eixample y con ella alquiló un piso en la calle Josep Maria de Sagarra de L'Hospitalet de Llobregat, ciudad en la que había hecho un buen puñado de amigos.
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