Un 11-S de alto voltaje político une a una nación en una de sus pocas certezas... menos a Trump
Un remolino de gente se asoma y se apoya sobre los bordes de la gran piscina que ocupa el lugar donde una vez se levantó una de las Torres Gemelas.
El agua cae sin descanso por sus paredes de granito hasta perderse en un vacío central.
Alrededor, grabados en bronce, los nombres de quienes murieron aquel día.
Cada estanque, de unos 61 metros de largo, ocupa la huella exacta de una de las torres.
Es un espacio monumental construido sobre la ausencia: donde antes se alzaban dos de los edificios más reconocibles del mundo, hoy solo queda un hueco que el agua no termina de llenar.
Y esta mañana, como cada 11 de septiembre desde 2002, supervivientes, familiares de las víctimas y políticos se reunieron en Manhattan para el ritual más solemne de la ciudad: la lectura de los nombres de las casi 3.000 personas que murieron en los atentados de Nueva York, el Pentágono y Shanksville (Pensilvania).
Pero, a pesar de que la lectura de los nombres se repite cada año como una conocida letanía, este año es diferente.
Nueva York llega al aniversario con un alcalde recién estrenado y musulmán, Zohran Mamdani, y con Donald Trump ausente de la ceremonia en la ciudad.
La foto política que deja el memorial es de alto voltaje: allí están los cuatro expresidentes vivos —Bill Clinton, George W.
Bush, Barack Obama y Joe Biden—, además del vicepresidente J.
D.
Vance y buena parte de las autoridades de primer nivel del país.
En un acto concebido para ser, por encima de todo, un homenaje a las víctimas, pero la postal de este año es difícil de ignorar.
Familiares de las víctimas denunciaron el supuesto rol de Arabia Saudí en los ataques y reclamaron a la Administración Trump que inste a Riad a admitir su participación.
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