Las joyas de Zapatero y la hipocresía
Hace años entrevisté a Miguel Sebastián en su despacho del Ministerio de Industria.
Al final me acompañó a la salida y, con indisimulado orgullo, me enseñó una gran vitrina.
Allí guardaba regalos recibidos como ministro, entre ellos unas joyas árabes.
Sebastián insistió en explicarme algo que entonces parecía bastante elemental: precisamente porque se los habían regalado siendo ministro, no eran suyos.
Debían permanecer en el Ministerio.He recordado mucho aquella escena con el episodio de las joyas halladas por la Policía en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero.
El expresidente sostiene ahora ante el juez que doce de las piezas más valiosas –rubíes, esmeraldas y zafiros con diamantes, tasadas judicialmente en 1,2 millones de euros– fueron un obsequio personal del Rey Abdalá de Arabia Saudí durante su visita oficial a España en 2007 .La explicación puede servir a su estrategia procesal.
Si acredita que recibió las joyas hace diecinueve años, los posibles delitos fiscales estarían prescritos y el de contrabando perdería fundamento si fue el propio monarca saudí quien introdujo las alhajas en España.
Pero una cosa es escapar del reproche penal y otra bastante distinta superar el juicio político y moral.Porque Zapatero ha terminado confesando precisamente aquello que le deja en peor lugar .
Su Gobierno aprobó en 2005 un Código de Buen Gobierno que obligaba a rechazar regalos que excedieran «los usos habituales, sociales y de cortesía» y establecía que los obsequios institucionales de mayor significación debían incorporarse al patrimonio del Estado.
Tal como me lo explicó –orgulloso– Sebastián a la salida de su despacho No era una recomendación redactada por sus adversarios veinte años después.
Era su norma, su Gobierno y su proclamada «ejemplaridad».Hay además un detalle devastador.
Zapatero entregó a Patrimonio 531 regalos recibidos durante sus casi ocho años en La Moncloa .
Y constan otros presentes de la propia monarquía saudí, incluido en 2007 un reloj de sobremesa dorado con esmeraldas y dos caballos.
Es decir, conocía perfectamente la diferencia entre recibir un regalo como presidente y apropiárselo como particular .
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