A la vulgaridad le ha llegado la hora
Hoy, uno de septiembre, se le acaba la paciencia al Ayuntamiento de Córdoba.
Ya era hora.
Desde hoy, sementales de campiña con vestido de faralaes, peluca con peineta y al aire avergonzado que respiró Góngora la pierna velluda, tendrán que pagar por comportarse como si fueran constitutivamente marmolillos.
Roncos despedidores de soltería.
A ese punto de bajeza intelectual no se llega sin la firme y obstinada voluntad de degradarse.
Las despedidas de soltero y el botellón son dos manchas en el paisaje de una ciudad que no está para aguantar más groserías, después de haber homenajeado recientemente la gracia alada de Manolete.
Si seguimos riéndole las gracias a gente sin gracia, acabará resultándonos gracioso Mohamed VI.
Cuando el hombre prudente en expectativa de matrimonio, después de sosegadas reflexiones, decide despedirse de su soltería, lo hace en soledad, divino tesoro.
Sin comunicarlo a amigos y familiares, que resultan excesivos para un acto del alma.
Para decirle al mundo, con Otelo, «¡adiós, tranquilidad; adiós, contento!» no se necesitan testigos.
Aunque, si tan clara tiene el filósofo la ventaja de su estado actual, no se entiende por qué lo abandona.
Lo mismo si la protagoniza Aristóteles que Óscar Puente, la despedida de soltero le parece al columnista una vulgaridad.
Y la vulgaridad hay que pagarla cuando tiene pretensiones sociales.
La despedida de soltero no es un requisito indispensable para la validez del vínculo que se aspira a contraer, ni siquiera para el gozoso desarrollo de la convivencia posterior.
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