Descalabro educativo
«Dime todas las cosas terribles que has hecho y déjame amarte de todos modos», frase atribuida a Edgar Allan Poe, perteneciente en realidad a la escritora filipina, Sade Andria Zabala en su poemario «Coffee and Cigarrettes», refleja el pensamiento de algún acérrimo que refrenda en voz alta la idea de un personaje no binario, que no se siente ni hombre ni mujer, repitiendo: «Haced lo que os dé la gana, aunque esté mal hecho, seguiremos al pie del cañón votándoos».
Parecido a estar en el proceso de votar a toda costa al malhechor, y esto no debiera ser así.
Pero casi nadie cumple con sus promesas y el perjudicado de este universo delictivo, criminal o perjudicial, siempre es el mismo, o sea, quien paga las facturas, de forma recurrente el ciudadano de a pie.
Y no mencionaré áticos exclusivos, trenes descarrilados, fondos buitre, manifiestos ridículos de personajes activos en su retiro, cretinos, criminales y algún abanderado más, ahora que de nuevo se ha puesto de moda distraer al personal criticando el mal tratamiento por parte del gobierno al pueblo ceutí o cosas afines para tapar otros asuntos, etc, etc, etc.
Hablo de educación, y supongo que se habrán dado perfecta cuenta de la acción que ejerce el revanchista que ansía tocar la gloria en nombre del poder, el significado de avergonzarse del cuerpo y no de la mente, el repudio a la sensatez o la vuelta de tuerca que supone desenmascarar esa parte de la historia que congeló el tiempo en la cabeza del nostálgico reprimente, y la inconveniencia a descubrir la verdad para los escuadristas actuales, ya que si la vida cotidiana puede ser épica y hacer justicia absoluta con el monólogo interior que soportamos las personas a día de hoy, podría ser importante agarrarse, como se enganchan las garrapatas, a la falta de poesía en el lenguaje del desleído, y comprender la desmemoria de sus mensajes propagandísticos, ya que, pese a quien pese, siempre existirán cuatro puntos cardinales en los entresijos de cada historia: la parte propia, la impropia, la real y la que verdaderamente sucede, sucedió o sucederá.
Y a fin de cuentas, así quién llega a un acuerdo.
La monumental narrativa de Albert Cohen, un escritor que fusiona a la perfección el facto cómico de la humanidad, para llevar su condición a la critica social, transciende en «Bella del Señor», una novela donde la neurosis pasional basada únicamente en la atracción visual, muestra cómo el culto al aspecto externo asfixia de forma contundente la comunicación entre las distintas inteligencias, un veneno que llama a decisiones controvertidas, mucho me temo, incomprendidas por gran parte de la juventud.
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