"La más fiel adaptación hasta la fecha": La nueva película de 'Los miserables' resucita la monumental novela de Victor Hugo, pero no esperes un musical épico
Aunque la lógica dicta que sean los relatos los que se plieguen a la realidad de cada periodo histórico, los hay tan poderosos que parecen doblegar los diferentes puntos de vista a sus propias normas. Así lo demuestra 'Los miserables', la más fiel adaptación hasta la fecha de la monumental novela que Victor Hugo publicó en 1862 y que, en su regreso al cine, parece hablar del mundo que nos rodea. La clase, la culpa, el castigo, la revolución y la desigualdad siguen siendo las heridas de un relato que abre con la fundamental "el paraíso del rico está hecho del infierno del pobre", un recordatorio de que aquel problema nunca fue un simple fruto de su tiempo.
Cavayé firma una adaptación absolutamente fiel, para lo bueno y para lo malo. No busca una relectura, una apropiación contemporánea ni una pirueta autoral con la que justificar otra visita a un texto que ya ha sido analizado y explotado hasta la saciedad. Su 'Los miserables' es la del pueblo, la del imaginario colectivo antes de que Claude-Michel Schönberg llegase con sus irresistibles composiciones. Aquí nadie canta, y quizá por eso se nota más el peso de una historia que conocemos demasiado bien. La duración, cercana a las tres horas, se justifica por el material y por los reparos del film a la hora de no dejarse nada en el tintero, siendo esa misma fidelidad la que hace que el metraje resulte –a ratos– pesado. No falta interés, pero siempre sabemos lo que queda, qué capítulo se acerca y cuántos sacrificios más tendrá que superar el bueno de Jean Valjean.
Cavayé brilla en los tramos íntimos, maneja bien el melodrama y sabe apoyarse en la dimensión política de la historia. Sin embargo, cuando la película debería abrirse hacia su gran clímax épico, especialmente en las escenas de la revuelta, su dirección se vuelve más torpe, menos inspirada de lo que exige un relato que pide furia y altura.
Es en Vincent Lindon donde la película encuentra su mayor fuerza. Su Valjean es creíble, carismático y humano, un ejemplo perfecto de personaje endurecido por el castigo, pero nunca vaciado. Es imposible no dejarse llevar por el actor para que, una vez más, suframos con y junto a él. A su lado, Tahar Rahim compone un Javert más limitado, algo impostado, eficaz porque la tensión moral viene escrita en la arquitectura del relato, pero sin encontrar una verdad especialmente nueva en el perseguidor.
Aunque por momentos rocen la caricatura más marcada que el resto del conjunto, Camille Cottin y Benjamin Lavernhe funcionan como los odiosos Thénardier mientras Noémie Merlant se convierte en una irresistible Fantine que, como ocurre con todas las grandes encarnaciones del personaje (Anne Hathaway incluida), termina resultando demasiado breve. Su presencia recuerda hasta qué punto 'Los miserables' contiene varios relatos capaces de devorar una película entera.
Todo esto se muestra con el envoltorio de un diseño de producción que ofrece momentos imponentes y ayuda a que esta nueva versión respire como gran fresco popular. Lo que no siempre consigue es que esa fidelidad absoluta se convierta en necesidad cinematográfica.
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