Phil Collins: «Me encantaría volver a enamorarme: besar a alguien»
«Mis riñones estaban fallando, mis órganos se estaban paralizando», recuerda Phil Collins sobre la recaída que en noviembre de 2023 lo dejó al borde de la muerte en un hospital suizo.
Pasó siete meses ingresado y su familia se planteó retirarle el soporte vital.
Hoy, a sus 75 años, tiene movilidad reducida, no puede tocar la batería y vive acompañado por una enfermera.Leyenda del rock y uno de los pocos artistas que han vendido más de 100 millones de discos, el cantante, baterista y compositor inglés ha concedido a The Sunday Times una entrevista que parecía necesitar.
En ella, con una franqueza insólita, habla del alcoholismo que casi lo mata, de su deterioro físico y de la fama que, dice, nunca buscó.
Collins admite que llegó a beber vino en el desayuno, protagonizó incidentes en aviones, sufrió caídas, asustó a sus hijos y abandonó una rehabilitación. «Me molestaba no poder beber», explica.
En unas vacaciones familiares debió incluso ser evacuado desde el Caribe para desintoxicarse en Nueva York.El cantante, baterista y compositor inglés en los años 80, en la cima de su carrera.
Pertenece al exclusivo club de los 200 millones. es uno de los tres únicos artistas en el mundo (junto con Paul McCartney y Michael Jackson) que ha vendido más de 100 millones de discos como solista y otros 100 millones con una banda, Genesis.
El cantante, baterista y compositor inglés en los años 80, en la cima de su carrera.
Pertenece al exclusivo club de los 200 millones. es uno de los tres únicos artistas en el mundo (junto con Paul McCartney y Michael Jackson) que ha vendido más de 100 millones de discos como solista y otros 100 millones con una banda, Genesis.La hospitalización de 2023 terminó por cambiarlo: «Tuve mucha suerte.
No he vuelto a beber desde entonces».
También intenta corregir una de las historias que más dañaron su reputación: el abandonó por fax a su segunda esposa, Jill Tavelman. «En realidad no fue así», desmiente.
Collins, explica, estaba de gira cuando se enamoró de Orianne Cevey, una traductora suiza de 21 años, que poco después se convertiría en su tercera esposa.
El proceso, asegura, ya estaba en marcha y el dichoso fax que los tabloides The Sun y el Daily Mirror exprimieron con saña, presentándolo como un hombre cruel, era, en realidad, una comunicación práctica sobre los términos del proceso.
A nadie le importó.
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