Dime, guitarra, ¿y tú de quién eres?
Se levantó un sábado lento en Sevilla.
Los habitantes de la gloria desayunaban tarde, saboreando el pan y el café.
Por la calle Bustos Tavera se entra a una parte en la que Sevilla se hace abuela.
Entre cubas, marcas de grafitis, micciones y portales antiguos se ve la raíz de una melena hecha calzada que se estrecha hasta llegar a Santa Marina.
La pregunta recurrente es quién pisó estos mismos recovecos, quién vio la luz reflejarse en las mismas fachadas que hoy sostienen nuestras sombras.
Aquí ocurre lo mismo con todo, nuestra ciudad es un rescate constante, un complejo de arqueológico que sale a flote ante los ojos que se gradúan en observación.
Por eso es el sitio idóneo para que el mejor flamenco sienta que no hay mejor hogar en el que descalzarse.
En San Luis de los Franceses se va a explayar la guitarra para contarnos su historia a través de las manos de Alejandro Hurtado, que debuta en la Bienal aunando las dos grandes facetas de las seis cuerdas: la flamenca y la clásica.
Por eso trae a los altares del barroco tres nombres fundamentales en el devenir del instrumento.
El de Francisco Tárrega, que sentó las bases de la guitarra española de concierto, el de Ramón Montoya, que la hizo cumplir la mayoría de edad, y el de Niño Ricardo, que desde los cielos tangibles la perfumó con el aroma de lo jondo.
Todo ello pasado por el tamiz de su instinto contemporáneo, acometiendo la creatividad agarrado al conocimiento de las raíces.
Con el retablo de fondo, una solitaria silla espera paciente a que llegue la hora.
La gente contempla maravillada el lugar, en todos lados hay un detalle, comer techo aquí es el paraíso.
Una pareja de japoneses hace fotos compulsivamente y se las pasa a Chat GPT para que le dé las explicaciones oportunas.
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