País desmemoriado
El ejercicio era sencillo.
Pintabas las imágenes en blanco y negro y automáticamente viajabas de cabeza a una época pasada de la que ya no queda ni rastro en las cabecitas de esos muchachos que el otro día quisieron liarse a garrotazos en la misma Puerta del Sol.
La mayoría inauguró la edad adulta hace dos primaveras pero se sienten suficientemente adultos para increpar a otros con insultos más propios de tiempos pasados.
Son el fruto de un país con carencias cada vez más graves en los niveles de educación y que encima está instalado en una polarización peligrosa, alimentada por unos políticos más preocupados en mantenerse que en gobernar.
Un país con una ley de memoria histórica, muy enfocada en dividir entre verdugos y víctimas, pero a la que se le están escapando generaciones enteras de jóvenes que desconocen el desastre mayúsculo que supuso una guerra civil para la convivencia entre vecinos.
Y aquello ocurrió hace menos de un siglo; un suspiro temporal en la evolución de un pueblo.Si algo nos enseña la historia son lecciones vividas y parece que hemos borrado por completo de nuestra memoria colectiva las fatales consecuencias de enfrentarnos unos contra otros.
Sería esencial recordarlo a todos esos dirigentes que hacen del desprecio y el escarnio al adversario político su argumento principal.
Calentar al público desde el escaño es un ejercicio perverso que tiene efectos inmediatos en aquellas edades donde la madurez ni se asoma para templar ánimos y tirar de sabiduría.La irresponsabilidad es absoluta porque cualquier político que aspire a gobernar o que ya lo haga, debe pensar en todos los votantes, incluidos aquellos que no depositan su confianza en él.
Y escuchando a demasiadas señorías, parece que sólo le hablan a sus seguidores, sin ningún interés ni tan siquiera en convencer al resto; más bien al contrario, despreciando y señalando a todo aquel que no comparte sus ideas.Hablamos del fanatismo político, que equipara un noble ejercicio con el seguimiento apasionado, sin fisuras y, por supuesto, sin espíritu crítico.
Lo resumía bien la expresidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, cuando habló de su afición al Betis y su voto perenne al PSOE.
Ese comportamiento gregario sólo alimenta perversiones como no castigar en las urnas los desmanes de un Gobierno.
Eso es también lo que propicia que en este país no se conjugue el verbo dimitir con facilidad porque quien se corrompe sabe que siempre tiene quien le vote, haga lo que haga.José Antonio Zarzalejos, gran periodista de tendencia conservadora, le hizo este pequeño homenaje a una reconocida escritora de izquierdas tras su muerte.
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