Islandia, un regalo demasiado bueno para Europa
El calentamiento global ha sacado a Islandia de su letargo, ha aumentado su valor estratégico y obliga a sus ciudadanos a repensar su futuro. El referéndum de este fin de semana ha sido la primera muestra de esa preocupación.
El pasado invierno, en su visita a Davos, y ante una audiencia expectante , Donald Trump mencionó cinco veces Islandia en su discurso. Por como hablaba y por como mostraba su deseo por la isla, los periodistas pensaron que se había confundido con Groenlandia, el gran territorio más al oeste, codiciado por sus reservas mineras y su envidiable posición en el Ártico. Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, salió en auxilio del presidente y dijo que no había sido un lapsus. Que cuando Trump dijo Islandia, quería decir Islandia...
Fue de esta manera accidentada que la isla irrumpió en la nueva geopolítica. Tierra de fuego y hielo, situada justo debajo del Círculo Polar Ártico, Islandia es un país de grandes espacios desiertos barridos por el viento con prados salpicados de ovejas. Su aislamiento y lejanía de los centros de gravedad política -Reikiavik está a 2.000 kilómetros de Bruselas- la han mantenido al margen de los sobresaltos históricos de los dos últimos siglos.
La isla es también el paraíso de las aves marinas (hay veinte veces más frailecillos que humanos habitan la isla, 400.000) y eso es porque las aguas que bañan sus costas están repletas de peces, la gran riqueza islandesa.
Contra lo que pueda parecer, Estados Unidos e Islandia son viejos amigos. En 1942, para evitar que cayera en manos del III Reich, Washington instaló allí la base militar de Keflavik, justo al lado del aeropuerto en el que aterrizan enjambres de turistas. Durante la Guerra Fría pisaron la base hasta 5.000 personas y hubo cientos de matrimonios mixtos. Muchos islandeses dejaron el campo para dedicarse a la construcción en la base y esos sueldos sacaron al país de la pobreza. Los estadounidenses se fueron en 2006, pero la base sigue ahí y es pieza clave en la estrategia de la OTAN para el Atlántico norte. Islandia, por cierto, no tiene ejército.
Los islandeses han hecho dos aportaciones a la cultura reciente. Primero, escritores de novela negra hábiles en historias de aislamiento e introspección (el paisaje y la meteorología lo facilitan). Segundo, una crisis financiera en 2008 causada por bancos locales que se hicieron grandes a base de deuda (once veces el PIB del país) y que al suspender pagos, lo hundieron. La crisis provocó una revuelta popular que llevó a los banqueros a los tribunales y a las mujeres al poder. El primer gobierno paritario de la historia fue islandés y Jóhanna Sigurðardóttir, su jefa.
Meses después de la crisis, Islandia abrió negociaciones para entrar en la Unión Europea (UE). Las abandonó cuatro años después por la pesca, que representa el 40% de sus exportaciones. De haber entrado en la UE, los pescadores europeos habrían faenado en sus aguas. Y eso es algo que pocos islandeses aceptan.
Este fin de semana Islandia ha votado en un referéndum que le permitiría abrir de nuevo negociaciones para la adhesión a la UE.
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