Yayoi Kusama: puntos (o lunares) suspensivos
Creo que resulta un hecho difícilmente cuestionable el que Yayoi Kusama (1929-2026) sea una de las artistas más singulares dentro del plural mundo del arte contemporáneo.
Pocos creadores han inventado un universo visual tan reconocible y personal.
Lunares, redes repetidas hasta el infinito, habitaciones de espejos, turgencias fálicas, flores y calabazas a gran escala, todo es parte ya de una sintaxis artística que ha conseguido alcanzar la fascinación de millones de personas, convirtiéndola en un auténtico fenómeno de masas.
Esta casi ubicua comercialización de su imaginario ha generado inevitablemente un debate crítico, y el peligro de reducir su arte a un conjunto de iconos demasiado identificables.
Aquí reside una de las aparentes paradojas de su obra y de su figura.
Sin embargo, a mi juicio, detrás de este supuesto carácter lúdico y de la atrayente belleza de sus imágenes circula, como una suerte de invisible corriente subterránea, una voluntad mucho más compleja y polisémica, signada por el sufrimiento psicológico, la repetición obsesiva, la sexualidad, el miedo, la muerte y el deseo de disolver el yo individual en el infinito.
Kusama no inventó simplemente un estilo sino que consiguió transmutar sus angustias más personales y hondas en toda una cosmología.Nacida en el Japón rural de preguerras dentro de una familia acomodada pero problemática, comenzó muy pronto a interesarse por el arte.
Ya en su infancia experimentó alucinaciones visuales y auditivas: flores, círculos y otros motivos que se multiplicaban y extendían por las paredes, los objetos y su propio cuerpo.
En lugar de huir de ellas logró controlarlas dándoles una forma.
Así pues –y esto es muy importante recordarlo– estos elementos no nacieron como recursos decorativos sino como herramientas de supervivencia psicológica.
Una decisión valienteKusama decidió mudarse en 1958 a Nueva York.
Una valiente decisión para una joven japonesa con poco dinero, inglés limitado y un ambiente ferozmente competitivo y masculino, pero con una inmensa ambición.
Allí desarrollaría algunas de sus primeras series conocidas, entre ellas, las 'Infinity Nets', pinturas compuestas por obsesivos e innumerables gestos diminutos y repetidos, en las que planteaba ya una de sus claves creativas al tratar de disolver lo unitario en lo infinito.
También amplió su lenguaje hacia otros medios como la escultura (cubriendo objetos cotidianos con formas fálicas cosidas y rellenas), las instalaciones y las 'performances'.
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