Tomárselo a pecho
Es un consejo muy camastrón —y, sobre todo, muy de castrón— este de no tomarse las cosas «a pecho», pues se entiende que, al hacerlo, uno se encabrita y termina lidiando con ellas a topacarnero . ¿Cabe mayor desatino? Si en mi pecho albergo el órgano esencial de mi persona , pues que se note, que salga a relucir, ¿no? ¿O acaso lo llevo ahí para hacer bulto, como el pañuelo en la americana? «No te lo tomes a pecho», dicen. ¿Y dónde quieren que me lo tome? ¿En la faltriquera? «Que te resbale», añaden, como si fuera preceptivo untarse de manteca e ir a lo nuestro para que nada se nos pegase, ni los ayes de la vecina ni los triunfos del amigo.
Ya se sabe que de tripas hay que hacer corazón; lo que no comprendo es esta manía de hacer del corazón unas tripas: digerir lo que venga y evacuarlo cuanto antes.No conviene, cierto es, andar por el mundo con el corazón en la mano, aunque solo sea por los descuideros que rondan por ahí, pero tampoco es cosa de convertirse en avaro de uno mismo.
Hay quien esconde el corazón como un talego de doblones: corre la falleba y se acuesta con la llave bien escondida en los gayumbos o en los pololos, según el caso, no vayan a birlársela mientras sueña. ¿Quién le va a dar un abrazo, si su primera reacción es palparse la faltriquera ?Mejor un corazón con muescas y zurcidos que uno bien custodiado en la arqueta del cinismo, no sea que lo roce una penaMejor un corazón con muescas y zurcidos que uno bien custodiado en la arqueta del cinismo, no sea que lo roce una pena. ¿Acaso el que presume de que todo le trae al fresco guarda el alma en la fresquera? Pues que la saque, caramba, y así le da un poco el aire.
Prediquen los capones templanza y mándennos a contar hasta diez mientras ellos cuentan los cuartos, pero recuerden que les espera una caja a medida donde aprender, durante toda la eternidad, a soportar las idioteces con las manos cruzadas y a quedarse fríos ante cualquier cosa . ¿Quién quiere dar con sus huesos en el cementerio sin haber estrenado el corazón?Sobra decir que quien anda a pecho descubierto corre el equivocarse, como es natural. ¡También se equivocan los que ponen el cazo, y a esos nadie les recomienda moderación! Quien pone el corazón en sus cosas podrá arrepentirse de haber dado la cara o de haber abierto la puerta a quien merecía quedarse en el descansillo, pero, ¿debe ser eso motivo de enmienda? No faltaba más que, encima de salir desplumado, tuviera uno que pedir disculpas al zorro.
Tal cosa sería, en puridad, harto descorazonadora.
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