San Isidoro, el sevillano más sabio de la historia y «patrón» de internet
Hace catorce siglos, el obispo de Sevilla reunió en los veinte libros de sus Etimologías buena parte del saber antiguo y ayudó a transmitirlo a la Europa medieval.
Por ello se le conoce popularmente como patrón de internet.
Desde 1063 sus restos descansan en León: una embajada de Fernando I llegó a la Sevilla de al-Mu'taḍid y, según la tradición, halló su sepultura en las cercanías de Santiponce.De los vándalos a la Sevilla visigodaCuando el rey vándalo Gunderico murió en Hispalis en 428, Sevilla era todavía una ciudad romana en sus formas, pero pertenecía ya a un mundo nuevo.
Un año después, los vándalos de Genserico cruzaron a África y abandonaron la Península.
Durante el siglo siguiente, los visigodos fueron imponiendo su autoridad sobre Hispania, aunque el sur siguió siendo un territorio disputado y desde 552 parte de la costa quedó en manos del Imperio bizantino.
Sevilla se convirtió entonces en uno de los grandes centros políticos y religiosos del reino.
Aquí ejerció su episcopado Leandro, figura decisiva en la conversión de Recaredo al catolicismo y en el III Concilio de Toledo de 589.
Cuando Isidoro sucedió a su hermano en la sede hispalense hacia el año 600, aquella antigua Hispalis se encontraba ya en plena transformación: del mundo romano había nacido la Sevilla visigoda.Nacimiento, infancia y leyendasIsidoro nació hacia el 556.
Su familia era hispanorromana y procedía de Carthago Spartaria, la Cartagena que los bizantinos ocuparon en el 552 dentro de aquella provincia que Justiniano clavó en el sureste peninsular.
El padre se llamaba Severiano; el nombre de la madre, Túrtura, solo nos cuentan fuentes tardías.
De la ciudad natal se discute todavía: la investigación moderna, con Jacques Fontaine a la cabeza, lo hace cartagenero, mientras la erudición sevillana del XVII, con Rodrigo Caro al frente, lo quiso hispalense de nacimiento.
El dato certero es que la familia se instaló en Sevilla siendo él niño, y en Sevilla se hizo todo lo que llegó a ser.Sobre esa infancia la hagiografía medieval levantó dos escenas magníficas pero, como es habitual en las leyendas, sin un solo documento detrás.
La primera: un enjambre de abejas se posó sobre la boca del niño dormido y dejó allí un rastro de miel, anuncio de la dulzura de su palabra.
El motivo es frecuente en niños que luego serán sabios: se había contado de Píndaro, de Platón y de san Ambrosio de Milán, y viajaba de vita en vita como sello de los elocuentes.El «milagro de las abejas», uno de los lienzos sobre la vida legendaria de san Isidoro conservados en el refectorio de San Isidoro del Campo El «milagro de las abejas», uno de los lienzos sobre la vida legendaria de san Isidoro conservados en el refectorio de San Isidoro del CampoLa segunda es mejor.
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