Olé
La reciente publicación del trabajo de Rafael Vallbona -Catalunya flamenca, 2026- ha puesto la cosa en su sitio.
Lo dice el propio autor: «No es fácil hablar del flamenco desde la perspectiva de la catalanidad cultural.
Durante años, décadas incluso, para alguien nacido y criado en el seno de un conjunto de experiencias literarias, históricas y artísticas, aniquiladas por la dictadura y menospreciadas por parte de la población española, hablar de flamenco era poco menos que hacer el juego al adversario.
Todavía más si su apellido no pertenecía a ninguna estirpe intelectual reconocida, que ya se sabe que siempre ha gozado de patente de corso y saben quedar bien en cualquier lugar».La cosa ha cambiado -parcialmente, seamos sinceros- y, ahora, el flamenco -como muestra el periodista y escritor Rafael Vallbona- ya es aceptada y reconocida como una música «nuestra».
Es decir, catalana.
Hay están nombres -cantos, guitarras y bailes- como la familia Burrull, La Chunga, La Chana, Mayte Martín, Miguel Poveda, «Chicuelo», Rosalía y una larga lista que empieza a consolidarse en el siglo XIX.
Sí, durante el siglo de una Renaixença que llegó a odiar el flamenco: esas canciones que oía Josep Torras i Bages en las calles y ese «género chico» que avergonzaba al poeta nacional catalán Joan Maragall.
El flamenco fue entonces excluido -un producto de la identidad rancia española, afirmaban- por los catalanistas y nacionalistas que buscaban las esencias de la identidad catalana.Un flamenco -recuerda nuestro autor- que gana la batalla durante la Exposición Internacional de 1929 en Barcelona.
Un flamenco que adquiere entonces la etiqueta de catalán y cosmopolita.
Un cosmopolitismo que triunfa en los teatros y cafés de -principalmente- Barcelona y Lleida.
Incluyan, el Gran Teatro del Liceu.
Un flamenco que ya generó entonces un antiflamenquismo que, sospecho, todavía sigue ahí.
La lengua y la identidad, dicen.
Los prejuicios y los tópicos.
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