Unos hombres felices
Hay restaurantes de los que uno se quiere ir y restaurantes de los que tienen que venir a echarte.
Sacha pertenece a la segunda categoría.
La historia se ha contado muchas veces y por eso cuenta con las imprecisiones propias de las grandes leyendas.
A mí me la contó el propio Sacha tras una comida en la que nos instaba a alargar la sobremesa todo el tiempo que deseáramos.
Al que no lo conozca, le sitúo: Sacha tiene pinta de tocar blues en el Delta del Misisipi o de dirigir cine negro como el corazón de Albares.
Pero, con esos mimbres, el tipo ha optado por cocinar cerca del Bernabéu.
La historia llevaba adosada una advertencia: «Esta es la mejor anécdota del mundo.
No encontrarás otra igual.
Te aviso antes de contártela para que lo tengas claro» .
La cosa es que tenemos en el restaurante a Guido Castillo, aquel escritor al que Borges consideraba el mayor experto en El Quijote.
Aquella noche se sentó con Juan Carlos Onetti y con los Hormaechea y empezaron a hablar de Cervantes.
Cuando terminaron, o cuando alguien decidió que aquello tenía que terminar, habían pasado dos días enteros, es decir, cuarenta y ocho horas de sobremesa en las que se había bebido lo suficiente como para financiar una denominación de origen emergente.
Algún cliente decidió que había que llamar a la policía.
Y no para denunciar una pelea, que sería lo normal en un restaurante tras dos días bebiendo.
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