El pedestal vacío
En una ciudad como Madrid, donde varios reyes, uno que otro general y hasta Don Quijote tienen esculturas ecuestres que se elevan sobre vistosas peanas, se instaló recientemente un pedestal que no soporta a ningún monarca ni rinde homenaje a nadie, y que apenas sirve para que un caballo apoye un casco mientras el resto de su cuerpo flota en el aire.
Eso es lo que ve, o cree ver, el transeúnte que sube por la calle Montera y de casualidad dirige la vista hacia la plaza del Carmen : un caballo de bronce, de casi dos metros de altura, suspendido misteriosamente sobre el suelo.No se trata de un truco de magia sino de la obra de un artista mexicano, Gonzalo Lebrija, que señala de forma risueña un rasgo evidente de nuestros tiempos.
En Occidente ya no hay prohombres que merezcan una estatua ecuestre.
Para celebrar la gloria contemporánea están los museos de cera, esos escaparates que permiten entrar en cercanía y tomarse selfis con los famosos.
El caballo y su pompa se han vuelto anacrónicos, ya no encajan en una sociedad escéptica y masiva, despojada de boato y heroísmo.De que así fuera se encargaron los dadaístas, esa vanguardia zuriquesa que en 1916 sufrió los horrores de la guerra y en venganza desacralizó todo lo que aún tuviera un aura solemne, se burló de lo que concitara admiración y deconstruyó todos los significados para demostrar que detrás no había nada.
Todo títere quedó sin cabeza y de tanto reír e ironizar, y de tanto sospechar de cualquier valor, y de tanto buscarle el pasado oscuro –opresor, colonialista, machista– a las celebridades de la historia, con el tiempo el pedestal quedó vacío.
Ya nadie podía ser subido allí sin hacerle ver ridículo.Pero entonces llegó la crisis de 2008, los tiempos cambiaron y el escepticismo y el vacío de sentido empezaron a irritar a la vieja izquierda cultural y a la nueva derecha política, que reiniciaron la lucha por conquistar el pedestal vacío.
La cultura, avergonzada de su risa y del libertinaje del pasado, decidió que allá arriba, oficiando como norte moral de la humanidad, debían instalarse causas serias como el ecologismo , el feminismo o el antirracismo.
Y la nueva derecha, armada con la incorrección y una agenda de valores reciclada del pasado, escaló por el otro costado para reinstalar a Dios, la nación, la raza y la familia como piedras angulares de Occidente.Así pueden entenderse las batallas culturales contemporáneas, como el fin del desenfado y del individualismo hedonista que prescindió de lo sagrado y de los proyectos colectivos, y como el regreso del redentorismo justiciero y de los valores tradicionales.
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