Ana Morales se busca en el laberinto
Crítica de FlamencoHace muchos años que Ana Morales (Barcelona 1982), está inmersa en la búsqueda de un universo creativo propio.
Ha firmado más de siete espectáculos en los que ha trabajado con creadores como Guillermo Weickert, Esteve-Paños o Andrés Marín, entre otros.
Pero desde el titulado 'En la cuerda floja' estrenado en el 2020 y 'Peculiar', que vió la luz en el 2022, la creación de Morales ha dado pasos de gigante con un atrevimiento sin miedo que le ha llevado a crear obras en las que el riesgo está siempre presente.En esta ocasión, la Premio Nacional de Danza 2022, ha hecho en la Bienal de Sevilla el estreno absoluto de 'Rapsodia.
Fantasía subterránea', una obra que la misma autora califica como una forma musical libre desde la que indagar en lo misterioso del proceso creativo, y que anoche puso en escena en la Real Fábrica de Artillería, que se estrenaba en esta Bienal.
Por eso Morales, que lleva toda su vida viviendo en Sevilla, ha descendido a las profundidades pero sin metáforas esta vez, y se ha inspirado para hacer este viaje en un tiempo imaginario y en un lugar imaginario, en ese mundo real e histórico de la Sevilla subterránea, ése que conecta a través de pasadizos palacios con iglesias o casas señoriales con antiguas collaciones, o que simplemente guarda como tesoro, hasta que unos cimientos nuevos no los descubren, restos que parecían iban a vivir para siempre en ese mundo inédito y suterráneo.Para este viaje la bailaora se ha rodeado en la dirección musical por el Niño de Elche y con el acompañamiento conceptual y textos de Enrique Fuenteblanca.
Y dos músicos fundamentales, la guitarra de Manolo Franco y el saxofón y las amplificaciones de José Venditti.
La sorpresa de la noche fue la voz flamenquísima de una adolescente, Cristina Sierra.La bailaora está desde que está entrando el público sobre unas tarimas metálicas que conforman una ancha escalera.
Está tocada con una madroñera larga que le oculta el rostro y luce una falda de cola blanca y en su muñeca una vela enroscada encendidad en su brazo.
Manolo Franco, esa guitarra barroca y especial, da la salida a esta ceremonia de la búsqueda en un laberinto que tiene un recorrido extraño.
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