Catorce chistes que hacían que el Imperio romano se partiese de risa: «Había mucho humor negro»
La risa era una cosa muy seria en la Antigua Roma … y muy extendida.
De las costas de Hispania hasta la lejana Mesopotamia, nadie escapaba a una buena chanza.
Calvos, narigudos, bajitos… También empresarios, políticos y hasta emperadores y dictadores de la talla de Julio César.
Pero, si hubo un colectivo castigado por los chistes de la época, ese fue el de los eruditos: «Un intelectual, después de enterrar a su hijo, se encontró con el maestro del muchacho y le dijo: 'Perdone que mi hijo no haya ido a la escuela: murió'».Dice Fernando Lillo Redonet , doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca, que cualquier lugar era bueno para disfrutar de un buen chiste en la 'Urbs aeterna': en el calor del hogar –ya fuera en familia o en los banquetes con invitados–, en la calle, en las tabernas, en las termas, en los lugares de espectáculos... «Los romanos se reían en todas partes y el humor estaba mucho más presente de lo que creemos», explica a ABC.
Por ello, el también catedrático de latín ha alumbrado un ensayo – 'Un Imperio de risas' (Editorial Rhemata) – en el que recoge y analiza una infinidad de bromas con un par de miles de años de antigüedad. «La obra completa la imagen popular de una sociedad inmersa en constantes batallas o sangrientos espectáculos del circo y el anfiteatro», sentencia.Vida cotidianaCuesta desentrañar el humor romano: hay que buscarlo en las pocas fuentes que existen.
Aunque, por fortuna, todavía nos queda alguna.
La más concienzuda es el 'Amante de la risa', el único libro de chistes que ha llegado hasta nuestros días directo desde el Imperio romano. «Se cree que fue elaborado entre los siglos IV y V d.C. y contiene una recopilación de 265 chistes agrupados en diversas secciones por tipos de personajes.
Están escritos en lengua griega y algunos datos internos avalan la teoría de que incluía bromas de épocas anteriores», sentencia Lillo.
Desconocemos si eran los más graciosos, pero está claro que eran populares.Además, los romanos dejaron también otros tantos chascarrillos, pullas y bufonadas en grafitis pintarrajeados en las paredes de lugares públicos y, por descontado, en los libros de los autores clásicos.
Los Apiano, Tito Livio y Suetonio de rigor, entre otros. «Las obras históricas y literarias recogen anécdotas graciosas de personas famosas, y lo mismo pasa con los poemas burlescos», apostilla Lillo.
Porque, por muy serio que fuera un texto, siempre había hueco para una chanza.La clasificación de los chistes de 'El amante de la risa' nos dice qué tipo de bromas les hacían más gracia a nuestros antepasados.
Las más populares eran las que convertían al sabio en blanco de las burlas.
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