Máximo Huerta, sobre lo que vivió tras su dimisión como ministro: «Me desamayaba en los aeropuertos. Era una deshumanización terrorífica»
La dimisión de Máximo Huerta siete días después de asumir el Ministerio de Cultura fue sin duda uno de los primeros episodios controvertidos del Gobierno de Pedro Sánchez.
Su salida se produjo en junio de 2018, tras conocerse el litigio que había mantenido con Hacienda por su tributación a través de una sociedad entre 2006 y 2008.
Con la perspectiva de los casos judiciales que posteriormente han afectado al PSOE, aquel episodio puede parecer hoy casi menor.
Pero ¿cómo lo vivió el propio Huerta?El escritor y periodista ha recordado lo sucedido durante una intervención en La Mesa, el programa de Antena 3 presentado por Cristina Pardo.
Preguntado por la presión que soportó después de su nombramiento y posterior dimisión, Huerta ha explicado las graves consecuencias que aquella exposición pública tuvo sobre su salud mental.La presión mediáticaHuerta asegura que percibió desde el primer momento que su llegada al Gobierno podía acabar mal. «En el momento en el que se nombró mi nombre, que fue el último, sabía que iba a ir mal la cosa», recuerda.
Según explica, llegó a esa conclusión por la forma en la que comenzaron a presentarlo en televisión y por el tono empleado al hablar de él.El verdadero golpe, sin embargo, llegó después de abandonar el cargo. «En cuanto acaba ya empieza una crisis mental.
Gorda, muy gorda», reconoce.
La situación llegó a provocarle episodios físicos que resume con una de sus confesiones más duras: «Me desmayaba en aeropuertos».El exministro considera que la presión mediática lo redujo a una única imagen pública relacionada con su conflicto fiscal. «Pasas a ser solo un titular», lamenta.
Aunque acepta que su actuación pudiera recibir reproches, distingue entre estos y el trato que asegura haber sufrido: «La crítica la puedes entender, pero la deshumanización no».
Huerta también recuerda que estuvo a punto de bajarse de un AVE al escuchar cómo otros pasajeros hablaban de él y daban por ciertas informaciones falsas, como que cobraría un sueldo vitalicio por su breve paso por el Gobierno.
Incapaz de desmentir personalmente cada rumor, terminó aislándose: «Me encerré».
La experiencia, concluye, le hizo perder «la espontaneidad» y «la naturalidad», además de provocarle miedo a expresarse: «Una cosa es libertad de expresión y otra es miedo a hablar».
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