El Trampolín dividido entre marroquíes del norte contra los del sur, argelinos y subsaharianos: "Nosotros racionales, ellos bestias"
A primera hora de la mañana, antes de que sus nuevos habitantes se levanten, el Trampolín huele a hogueras que todavía humean desde la noche anterior.
Pero sobre todo, huele a orín y a sudor .
Un olor intenso, físico, que parece haberse instalado en la arena para quedarse.
Cuesta imaginar que esa playa vuelva a oler a otra cosa alguna vez.
Con la salida del sol arrancan los primeros ruidos.
Audios en árabe saliendo de algún teléfono, a poco volumen.
Alguien tosiendo al otro lado de una lona.
Graznidos de gaviotas que se posan en los pocos parches de arena que todavía están libres .
Ya no es una playa .
Es un pasillo estrecho de plástico, cañas y cartón , cuerdas tensadas entre palos, ropa tendida que nunca termina de secarse.
Dentro de cada tienda hay algo parecido a un país.
En una duermen cuatro personas sobre las mismas mantas desde hace semanas.
Otros, se apuntalan parcelas y hasta decoran terrazas con plantas y flores.
En otra, en primera línea de playa , siete: seis argelinos y un marroquí, apretados como en un vagón de metro en hora punta.
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