No lo molestéis por Ceuta
A su conocida y demostrada manera de afrontar las crisis a base de estimular la polarización y crear un relato alternativo de los hechos, Sánchez ha añadido este verano otro método: el del desistimiento.
La invasión migratoria de Ceuta la resolvió –es un decir– con lo que antes se llamaba una «visita de médico», sólo que sin aportar recetas y cuidando de que en el diagnóstico no apareciese el nombre de Marruecos , a cuyo régimen practica inexplicable e inexplicada sumisión desde que los servicios de inteligencia de Rabat piratearon su teléfono durante un viaje en 2021 a las dos ciudades españolas del Estrecho.
Esta clase de escapismo presidencial no es nuevo; lo llamativo del caso fue que después de calificar el asalto de «violación de la integridad territorial» de la nación se largara a toda prisa a su retiro lanzaroteño, donde continúa escondido y blindado por un cinturón de seguridad propio de un sultán o un reyezuelo que dejase los asuntos molestos en manos de un puñado de subalternos.Hay varias interpretaciones posibles de esta suerte de eclipse político.
La primera sería el citado afán de evitar roces con el país vecino, unánimemente señalado como instigador de la ocupación o, como mínimo, cómplice pasivo.
Esa actitud podría tener sentido desde la consideración de que el creador del problema es al mismo tiempo el único que puede resolverlo mediante la normalización del control fronterizo, pero la genuflexión gubernamental ha ido bastante más allá de la prudencia pragmática para adentrarse en el territorio del miedo o el servilismo.
La segunda hipótesis tendría que ver con el antipático reconocimiento implícito de un grave fallo preventivo que Moncloa tratara de disimular en una burbuja de silencio y un desfile tardío de ministros.
Y la tercera sería la de un gobernante sin margen de reacción, con los reflejos perdidos en pleno ataque de agarrotamiento comunicativo provocado por la continua sucesión de reveses y el presentimiento de un descalabro electoral inequívoco.Pero hay una cuarta posibilidad, y es la de que sencillamente este asunto le resbale.
Que le importe un bledo, que le parezca por completo irrelevante; que se la traiga floja, dicho en términos coloquiales.
La empatía o la sensibilidad con las preocupaciones sociales no figuran entre las cualidades de un personaje de psicología indescifrable aunque a menudo haya dejado muestras de una insólita frialdad de carácter.
Lo que sus partidarios ensalzan como extraordinaria habilidad de encaje no parece ser en realidad más que una discapacidad emocional, un egotismo de rasgos muy singulares, patente en su gélido comportamiento ante tragedias o catástrofes susceptibles de acarrearle desgaste de imagen.
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