Rusia ya ni siquiera disimula
En los últimos meses y sobre todo semanas, la relación señal-ruido en Europa se ha modificado drásticamente; el tablero del continente se ha saturado de señales que, vistas por separado, podrían aún pasar por ruido de fondo pero que analizadas juntas y uniendo todos los puntos, dibujan algo preocupante.
Va un botón de muestra.
Berlín atribuyó oficialmente a Moscú el ataque con drones cargados de explosivos contra aviones de carga ucranianos en el aeropuerto de Leipzig/Halle a principios de agosto.
Otro dron ruso incursionó en espacio aéreo lituano desde Bielorrusia y fue derribado, y se han registrado vuelos de reconocimiento con drones rusos sobre objetivos importantes en varios países europeos.
El mes pasado, un dron ruso atacó un tren de pasajeros en una estación cercana a la frontera ucraniana con Polonia, poco después de que partiera un tren que transportaba a Boris Johnson, ex primer ministro británico, y otros dignatarios europeos; David Petraeus, exdirector de la CIA, se encontraba en la estación cuando tuvo lugar el ataque.
Se han detectado operativos de vigilancia y, en ocasiones, sabotaje de instalaciones vinculadas a industrias que suministran armas a Ucrania; desde 2022, Europa ha sufrido más de 110 incidentes de sabotaje con vinculación confirmada con Rusia.
Y circularon hace un par meses reportes desde Rusia en el sentido de que el Kremlin habilita hasta 20 mil camas hospitalarias para heridos militares en zonas fronterizas contiguas a los países bálticos.
Este aumento tanto de escala como propósito, o simplemente un error de cálculo, podría llevarnos a una situación nueva y más peligrosa en Europa.
Porque lo que hemos venido denominando desde hace más de un década como guerra híbrida ya no lo es: “ya no es híbrida, es muy cinética”, apuntó hace poco el canciller lituano, y el jefe de inteligencia externa de Estonia pide llamarla por su nombre: terrorismo de Estado.
El término “híbrido” se utiliza a menudo para referirse a actividades no militares -por ejemplo, ciberataques y desinformación- diseñadas para intimidar, provocar, medir y poner a prueba capacidades de respuesta y líneas rojas de los países blanco y, en muchos casos, generar desestabilización.
Rusia es el país que más ha perfeccionado esta herramienta.
Y al mantener tanto la capacidad de negación plausible y los ataques por debajo del umbral de un ataque o guerra abierta, Moscú puede deslizar mensajes políticos y diplomáticos y generar una sensación de vulnerabilidad y amenaza sin provocar una represalia militar.
Y lo ilustra de manera palmaria el ministro alemán del Interior al afirmar que Alemania “no está en guerra”, pero es “blanco diario” de los ataques híbridos rusos.
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