Heredar el viento
Este domingo presentaré en la FIL Monterrey Un año en la vida de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, de José Ramón Cossío, ministro en retiro y profesor distinguido de nuestra Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey.
Es un libro lúcido que, a partir de la transformación del Poder Judicial, plantea una serie de paradojas inquietantes sobre el poder y sus límites.
Quisiera detenerme en cinco de ellas, porque revelan mucho más que los problemas de nuestra justicia: nos obligan a pensar en lo que está ocurriendo con nuestra democracia.
Las reflexiones nacen de sus páginas.
Yo las recupero desde mi mirada de politóloga y desde una preocupación que comparto con José Ramón: la fragilidad de las instituciones frente a la concentración del poder.
La primera paradoja está en el origen mismo de la reforma.
La elección popular de jueces prometía resolver una crisis de legitimidad, pero sus mecanismos de selección, los acordeones y la escasa participación terminaron creando otra.
Y aun si el proceso hubiera sido impecable, subsistiría una distinción esencial: las urnas pueden conferir un cargo, pero no necesariamente autoridad.
Un gobernante recibe votos para impulsar un programa; un juez debe aplicar el derecho, incluso contra los intereses de quienes lo llevaron al puesto.
Su legitimidad se construye mediante la independencia de sus decisiones.
Cossío lo condensa en una exigencia elemental: los juzgadores tendrán que ser juzgadores.
Pero el problema va más allá de la legitimidad de origen.
La independencia judicial no se pierde solamente cuando alguien le dicta una sentencia a un juez.
También puede erosionarse cuando el juzgador comienza a calcular el costo político de decidir, a anticipar las preferencias del gobierno o a sentirse parte de un proyecto político.
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